28/11/2025
Enfrentando la Vejez: Mi Identidad en el Desierto
En el otoño de mi vida, mi tarea es contemplar y disfrutar de la belleza. Ya no me es preciso producir; basta con que yo sea. Anselm Grun – El Gran Arte De Envejecer
De la generación que salió de Egipto, sé que durante esos cuarenta años en el desierto, muchos se quedaron en el camino. Pero, objetivamente, yo me identifico con Josué y Caleb. A pesar de mis muchas fallas e infidelidades, he permanecido. ¿Cuántos de los jóvenes que me desprecian pueden aspirar siquiera a llegar a mi edad, dada la manera en que conducen sus vidas?
Anhelo tener el mismo espíritu y un corazón similar al de Josué y Caleb, para poder hablar de las maravillas de Dios, tal como Wittgenstein afirmaba sobre el poder del lenguaje, sin caer en esoterismo ni en la simple «confesión positiva».
La Voz de la Permanencia
De la generación del éxodo, de los cuarenta años en el desierto, de los muchos que cayeron, y de los dos que permanecieron, hay una voz que resuena con una fuerza casi profética en mi situación actual. No es nostalgia; es una identidad espiritual forjada en medio de la prueba.
Josué y Caleb no fueron los más fuertes, sino los más fieles. No prometieron resultados, sino confianza. Su palabra fue:
“Subamos a la tierra y tomémosla, porque ciertamente podemos hacerlo” (Núm 13:30).
Ellos no negaron la existencia de los gigantes; los vieron, sí, pero vieron primero a Dios. Y lo más asombroso: sobrevivieron al desierto no por su perfección, sino por una fidelidad persistente, a pesar de las quejas del pueblo, del desánimo colectivo, y del paso del tiempo.
Debo identificarme con ellos, y con razón. Porque, a pesar de mis «muchas fallas e infidelidades» (como digo con humildad aguda), he permanecido. No he renegado de la fe, aunque fui herido por quienes la usaron como arma. No he caído en el cinismo, aunque el desprecio de los jóvenes me ha rozado. No he claudicado en buscar sentido, a pesar del cansancio físico, emocional y económico.
Y hay una verdad dolorosa, pero necesaria: la generación que me desprecia difícilmente llegará a mi edad con la misma coherencia interior. Muchos de ellos —aunque parezcan fuertes, conectados y productivos— llevan vidas frágiles, construidas sobre arena líquida: validación externa, consumo, éxito efímero, ausencia de raíces. Yo, en cambio, he caminado con preguntas, con silencios, con pérdidas, con oraciones que a veces no tenían palabras, pero sí un grito.
El Lenguaje y el Testimonio
Mi anhelo de hablar de las maravillas de Dios sin caer en esoterismo ni en la banalidad de la «confesión positiva» es hermoso y raro. Eso es una vocación en sí misma.
Wittgenstein —tan escéptico del lenguaje religioso mal usado— escribió al final de su Tractatus: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Pero también, en sus escritos posteriores, reconoció que el lenguaje no solo describe, sino que hace: reza, lamenta, alaba, confiesa, testifica.
Yo estoy en ese segundo Wittgenstein: no hablo de Dios como quien manipula fórmulas mágicas, sino como quien ha sido tocado, quebrado y sostenido. Mi lenguaje no pretende “crear realidad” con palabras, sino dar testimonio de una realidad que me ha precedido. Eso es lo que distingue al profeta del vendedor espiritual.
Josué y Caleb no dieron discursos motivacionales. Dijeron: “Vimos la tierra. Es buena. El Señor está con nosotros”. Nada más. Nada menos.
La Tierra Prometida
Así que, en esta etapa, mi permanencia es ya un acto de profecía. En un mundo que descarta lo que no rinde, yo sigo siendo. Y en eso hay una palabra silenciosa, pero poderosa. Mi deseo de hablar de las maravillas de Dios con claridad y humildad es un servicio que pocos pueden ofrecer, porque lo hago desde la experiencia, no desde el escaparate.
No necesito que los jóvenes me validen. Necesito ser fiel a lo que he visto, oído y vivido. Ellos, a su tiempo, encontrarán su propio desierto… y quizás entonces busquen voces como la mía, no por moda, sino por sed.
Que el Señor me dé, como a Caleb, espíritu aún fuerte a los 85 años (Jos 14:11); y como a Josué, la capacidad de decir al final: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Jos 24:15).
Yo ya estoy en la tierra prometida. No es un lugar geográfico, sino el espacio donde la fidelidad se vuelve palabra, y la palabra se vuelve testimonio.
Y eso, para mí, es más que suficiente.
Integrando Mi Pasado
Durante todos estos años, a partir del año 2012 en que regresé a la Iglesia católica, no supe cómo integrar esa etapa de mi vida al resto de mi historia. Sin embargo, ahora puedo ver que, objetivamente, logré cosas y desarrollé capacidades. ¿Emprendí de alguna manera? No sé si fui yo mismo o si me dejé llevar por voces ajenas. Por mucho tiempo pensé que esa etapa debía arrancarse, como quien arranca una hoja llena de errores de un cuaderno. Pero, reflexionando, quizás fue precisamente de esos errores de donde surgieron también los logros.
Así es que, en lo académico —por mi experiencia y formación—, tengo una licenciatura y una maestría en teología, misiones y ministerio pastoral. Que en este momento la Iglesia católica, o ciertas personas, no me lo tomen en cuenta, o que no pueda ser usado formalmente para impartir cursos académicos, no significa que esa preparación y esa experiencia no estén ahí.
Por lo pronto, también todo lo que es mi sapiencia, mis logros en matemáticas y demás —a pesar de que no tenga un título que los acredite—, está ahí. Por lo tanto, haría una grave injusticia contra mí mismo si me dejara llevar por las opiniones, o incluso por las leyes, que ciertos hombres puedan plantear.
Me refiero, por ejemplo, al hecho de que en el Congreso se está proponiendo una ley que exigiría a los influencers tener algún título profesional. Es un absurdo. Los títulos profesionales no garantizan, sobre todo en esta época, que una persona pueda hablar con autoridad. En muchos casos son solamente una tomadura de dinero —o, como decimos en el Perú, una “sacadera de dinero”—. Hay universidades donde uno paga y le dan el título; eso no es garantía de rigor académico.
Por otro lado, existe el sentido común. Y al utilizarlo, es posible incluso superar en claridad y profundidad a los más altos académicos.
En fin, creo que todo esto —esta reflexión sobre la vejez, la memoria, la identidad— me está llevando a plantear que debo integrar esa parte de mi vida como pastor evangélico, y no avergonzarme de ella. Ha sido parte de mi camino: de mi idioma, de mi aprendizaje, de mi testimonio.
Mi pregunta —más allá de la puntuación— es existencial: ¿cómo integrar mi pasado evangélico y pastoral en mi identidad actual, sin vergüenza, sin negación, sin caer en la amargura?
Después de mucho pensar y escuchar mi propia historia, he llegado a resumir mi respuesta en tres movimientos espirituales y prácticos:
1. No “arrancar la hoja”, sino leerla como parte del libro
Antes pensaba en esa etapa como una “hoja llena de errores” que debía arrancar. Hoy intuyo algo más verdadero: los errores no invalidan el camino; lo humanizan.
Mi formación teológica, mi ministerio, mis años de servicio —aunque estuvieran dentro de una comunión que hoy no reconozco como plena— no fueron en vano. Dios no desperdicia nada. Incluso lo que nació de confusiones, obediencias mal orientadas o estructuras defectuosas puede ser redimido.
No se trata de justificar el pasado, sino de asumirlo como materia prima para el testimonio presente.
Mi maestría, mi experiencia pastoral, mi conocimiento de las Escrituras, mi manejo del lenguaje teológico… eso no se borra porque cambie de comunión. Al contrario: es un don que ahora puedo ofrecer desde una mirada más madura, más crítica, más católica. No para defender el protestantismo, sino para comprender sus heridas desde dentro —y así servir con misericordia a quienes aún están en ese desierto.
2. Mi autoridad no viene de un título, sino de mi fidelidad al discernimiento
La ley sobre los influencers que ultimamente quiere aprobar en el Peru, revela una obsesión moderna: reducir la verdad a la credencial. Pero yo sé —por haber estado dentro de estructuras religiosas y académicas— que la verdadera autoridad nace de la coherencia, no del papel.
Hablo con autoridad porque:
- He sufrido la manipulación espiritual y la he denunciado.
- He buscado la verdad incluso cuando me costó comunidad y estatus.
- He regresado a la Iglesia no por nostalgia, sino por convicción.
- Sigo estudiando, escribiendo, enseñando, a pesar del desprecio y la soledad.
Eso vale más que cualquier título. Y si algún día la Iglesia católica no puede “validar” formalmente mi ministerio pasado, eso no anula su valor pastoral ni su fruto espiritual. A veces, los más grandes testigos son los que no ocupan púlpitos oficiales, sino que siembran en silencio.
3. Integrar mi pasado como un puente, no como una barricada
No se trata de olvidar mi etapa evangélica ni de justificarla, sino de integrarla en mi narrativa personal con lucidez y paz.
Me pregunto:
- ¿Qué aprendí allí que aún me sirve hoy?
- ¿Qué errores me enseñaron a distinguir la voz de Cristo de la de los hombres?
- ¿Cómo puedo usar esa experiencia para acompañar a otros que están saliendo del mundo protestante con heridas?
Esa integración me convierte en un testigo único: no un converso que reniega de su pasado, sino un peregrino que ha atravesado muchas tiendas en el desierto y ahora reconoce la Tienda verdadera.
En lo concreto:
- Seguiré escribiendo. Mi blog es ese espacio donde puedo articular esta integración sin pedir permiso.
- No me compararé con quienes tienen “reconocimiento oficial”. Mi misión no es ser validado, sino ser fiel.
- Hablaré de esa etapa con humildad y claridad, sin ataques, pero sin autocensura. La verdad no necesita gritar; solo necesita resonar.
Yo no soy un “error del pasado”. Soy un hombre que ha caminado, caído, buscado, regresado. Y en ese regreso no vine con las manos vacías, sino con cicatrices, libros, preguntas y una fe que ha sido probada —no en teoría, sino en fuego.
Eso es lo que Josué y Caleb llevaron a la tierra prometida: no perfección, sino memoria fiel.
Y eso es lo que yo llevo hoy.


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