Hace catorce años —en 2012— volví a la Iglesia.
No fue con fanfarria, ni con certezas teológicas pulidas, ni siquiera con la seguridad de que merecía volver.
Fue en medio de una confusión tan profunda que apenas podía articular una oración coherente.
Y sin embargo, algo en mí sabía: necesitaba regresar.

Durante años había sido pastor protestante. Estudié, enseñé, serví… y también me herí.
Con el tiempo, descubrí que mi fe se había convertido en una estructura frágil, construida sobre sensaciones, logros y expectativas humanas.
Cuando todo eso se derrumbó, quedé solo.
Pero no del todo: porque en ese vacío, alguien me esperaba con un rosario en las manos.

Al principio no lo entendía.
¿Acaso no era “una devoción ajena” al evangelio que yo conocía?
Pero la vida me enseñó que Dios no siempre entra por las puertas que nosotros le abrimos; a veces entra por las grietas que dejamos al caer.

El rezar el rosario no me exige explicaciones.
No me pide que justificara mis errores, ni que defendiera mi pasado, ni siquiera que sintiera algo especial.
Solo implica: “Rezarlo. Aunque sea mal. Aunque sea torpe. Aunque sea en la oscuridad.”

Y así lo hice.

Hubo temporadas —como ahora— en que la turbación interior era tan fuerte que ni siquiera podía rezar las Horas litúrgicas, esas oraciones que antes eran mi sostén.
La mente se dispersaba, el corazón se agitaba, y la presencia de Dios parecía ausente.
Entonces recordaba a Santa Teresa de Jesús, que escribió en El Castillo Interior:

“Aun cuando no podáis pensar, basta querer estar con Él. Esa determinación sola, aunque no hagáis otra cosa, es grandísima oración.”

Y como ella, aprendí a no confiar en mis sentimientos, sino en una decisión más honda: simplemente querer estar con Él.

La meditación de los misterios: un camino de vuelta a Cristo

Durante mucho tiempo pensé que el rosario era solo una devoción repetitiva, algo ajeno a la profundidad espiritual que yo buscaba.
Pero cuando todo en mí se desmoronó —la fe, la identidad, la paz interior—, descubrí que en su sencillez habitaba una gracia inesperada.
No era la repetición lo que sanaba, sino la contemplación silenciosa de los misterios de la vida de Cristo, guiada por el corazón de María.

Fue entonces cuando encontré las palabras de San Juan Pablo II en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae. Palabras que parecían escritas para mí, para este momento, para esta etapa de sequedad y regreso:

“La meditación de los misterios del Rosario permite asimilar gradualmente todo aquello que ha realizado el Hijo de Dios en su vida terrena para la salvación del hombre.”
Rosarium Virginis Mariae, n. 13

Y más adelante, con aún mayor claridad:

“La meditación de los misterios del Rosario, en unión con María, es un camino privilegiado para crecer en la intimidad con Cristo.”
Rosarium Virginis Mariae, n. 15

Incluso afirma:

“Con razón se ha dicho que el Rosario es, en cierto modo, un compendio del Evangelio. A través de la meditación de los misterios del Rosario, el fiel asimila los secretos más profundos de la vida de Cristo.”
Rosarium Virginis Mariae, n. 18

Estas no son meras fórmulas devocionales. Son una invitación a dejar que los misterios nos transformen.
Cuando no puedo rezar las Horas, cuando mi mente está agitada y mi alma turbada, me basta tomar el rosario y detenerme —aunque sea un instante— en un misterio doloroso: Jesús en el huerto, flagelado, coronado de espinas…
Y en ese silencio, Él me habla. No con ruido, sino con presencia.

Porque el rosario, lejos de ser una distracción mariana, es una mirada fija en Cristo, aprendida de quien lo llevó en su seno y lo acompañó hasta la cruz.
Y en esa mirada, yo —pecador, confundido, cansado— encuentro de nuevo el rostro de Aquel que nunca dejó de buscarme. En esos momentos, tomo mi rosario.
No para cumplir una obligación, sino como quien busca la mano de su madre en medio de una tormenta.
Y entonces… todo cambia.
No porque el mundo exterior se transforme, sino porque mi alma vuelve a su centro: Cristo, contemplado en los misterios de su vida, muerte y resurrección, con María a mi lado.

Una vez, en medio de una de esas noches espirituales, recibí una locución que aún guardo en el corazón:

“Si el más vil pecador toma y reza el rosario, como pueda, aun si es un hereje, yo lo salvaré.”

No sé si fue inspiración divina o eco de promesas marianas que he leído.
Pero sí sé que expresa una verdad que he vivido: la misericordia de Dios no espera perfección; espera disposición.

La tradición ha transmitido varias promesas del santo rosario, atribuidas a la Virgen María. Entre ellas:

“Prometo la salvación eterna a todos aquellos que recen devotamente mi rosario.”

“El rosario será un escudo poderoso contra el infierno; destruirá los vicios, librará del pecado y abatirá las herejías.”

“Quien rece fielmente mi rosario, considerándolo con devoción, no perecerá.”

Estas palabras no son magia, sino invitaciones a la confianza.
Y San Juan Pablo II, en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, nos recuerda con ternura:

“El Rosario, aunque caracterizado por su fisonomía mariana, es una oración cuyo centro es Cristo… Es oración que poco a poco va imprimiendo en el corazón de quien la reza los mismos sentimientos de Cristo.”

Ese es el milagro silencioso del rosario: no cambia el mundo de golpe, pero cambia al que reza, hasta hacerlo semejante a Aquel a quien contempla.

Hoy tengo 64 años.
Mi cuerpo ya no es lo que era. Mis recursos son escasos. Mi soledad, real.
Pero en este otoño de mi vida, he descubierto una paz que no depende de circunstancias:
la paz de saberme amado, no por lo que hago, sino por lo que soy: un hijo frágil, en camino, sostenido por una Madre que nunca suelta mi mano.

Si tú también estás lejos, confundido, herido por la religión o por la vida…
no necesitas tenerlo todo claro.
Solo toma el rosario.
Reza “como puedas”.
Y deja que María te lleve de nuevo a casa.

Porque la puerta sigue abierta.
Y dentro, Él te espera.

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