Los Ritmos De La Vida

Los Ritmos De La Vida

En el fuego y en las aguas: la fidelidad de Dios en los ritmos de la vida

«Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán.
Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.»

— Isaías 43:2

El corazón inclinado y la gracia presente

La Palabra de Dios no nos engaña con optimismo barato. Ya en Génesis leemos que «la inclinación del corazón humano es mala desde su juventud» (Gn 8:21). No se trata de una corrupción total que anule la libertad, sino de una herida profunda: el deseo de autonomía absoluta, de ser dios de sí mismo. Por eso, el bien no brota espontáneamente; requiere cooperación con la gracia —esos “auxilios actuales” que Dios derrama sin cesar, aunque no siempre los percibamos.

Jesús lo dijo con claridad: «En el mundo tendrán aflicción» (Jn 16:33). No prometió una vida sin invierno, sino su presencia en medio de la tormenta. Y nos envió «como ovejas en medio de lobos» (Mt 10:16): vulnerables, sí, pero no abandonadas.

El ritmo que rechazamos: querer solo primavera

Mi pecado más sutil —y tal vez el de nuestra época— no es tanto la rebeldía flagrante, sino la impaciencia espiritual. Quiero que todo se dé ya: consuelo sin cruz, abrazo sin despedida, claridad sin oscuridad. Pretendo que mi existencia sea una eterna primavera o un verano sin ocaso. Pero la vida, en su sabiduría creada, sabe que «hay un tiempo para todo» (Ecl 3:1): para plantar y para arrancar, para callar y para hablar, para abrazar y para soltar.

El Tao lo intuyó: hay que fluir con los ritmos del cosmos.
El Eclesiastés lo confirmó desde la revelación: incluso lo moral, lo íntimo, lo espiritual, tiene sus estaciones.
Pero el Evangelio va más allá: Cristo no suprime esos ritmos; los asume, los santifica, los eleva.

La encarnación como respuesta al sufrimiento

Ante el dolor, muchos creen que Dios ha fallado. Pero la encarnación nos revela lo contrario: antes de impedir nuestros dolores, Dios los experimentó hasta el fondo. No desde la distancia del observador, sino desde las entrañas del Hijo hecho carne. Jesús no nos saca del fuego ni de las aguas; entra con nosotros en ellos.

Y aunque a veces no lo experimentemos sensiblemente —en momentos de sequedad, soledad, cansancio físico o emocional—, su presencia real no depende de nuestros sentimientos, sino de su promesa: «Yo estaré con ustedes todos los días» (Mt 28:20).

Vencer, no escapar

La victoria cristiana no consiste en evitar la caída, sino en levantarse con la mirada en Aquel que venció a la muerte desde dentro de la muerte. Él no prometió ausencia de pruebas, sino fidelidad en ellas. Y esa fidelidad no es abstracta: se hace carne en la oración que persiste, en la escritura que busca verdad, en el silencio que no juzga, en el límite que se acepta, en la vejez que se ofrece.

Por eso, aunque mi cuerpo se debilite, aunque los días se vuelvan más cortos y más lentos, aunque el mundo parezca desordenado y hostil… sigo creyendo que “todas las cosas ayudan a bien” (Rom 8:28), no porque todo sea bueno en sí, sino porque Dios está obrando en medio de lo roto.

Él pasó por el fuego y las aguas.
Y yo, aunque débil, sé que no estoy solo.
Y como Él venció… yo también venceré.

Mirar al prójimo con misericordia, no con ilusión

He aprendido —a veces con dolor, a veces con gracia— que la paz verdadera no nace de esperar que los demás sean como yo quiero, sino de reconocer al otro en su humanidad caída. Frente a mí no está un ideal, sino un ser concreto: cargado de heridas invisibles, miedos no dichos, pecados repetidos y luchas íntimas que ni siquiera él entiende del todo. Esa mezcla —de fragilidad, orgullo, necesidad y confusión— impulsa sus palabras, sus silencios, sus gestos… incluso sus traiciones.

Y sin embargo, Dios está conmigo en ese encuentro. No para que juzgue, ni para que me defienda con cinismo, ni para que me retire en desconfianza. Está conmigo para darme la gracia de ver con sus ojos: con compasión que no ignora el mal, pero que tampoco lo reduce a la identidad de la persona.

No todas las personas sienten como yo.
No todas juzgan con mis criterios.
No todas actúan con la misma conciencia ni la misma intención.
Y eso está bien. No es fracaso; es diversidad humana bajo el mismo Creador.

Lejos de caer en el pesimismo, me adhiero a la palabra del Apocalipsis:

«El que es injusto, sea injusto todavía; el que es inmundo, sea inmundo todavía; el que es justo, practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía» (Ap 22:11).

No todo el mundo responderá hoy. Pero nadie está fuera del alcance de la gracia. Y yo no estoy llamado a cambiar al otro, sino a ser un facilitador de la verdad y la misericordia, con mi ejemplo, con mis palabras, con mi silencio cuando sea necesario. Soy colaborador de Dios —no su sustituto— en una obra que Él mismo comenzó y llevará a término.

Y en esa humilde tarea, encuentro paz.

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Una respuesta a «Los Ritmos De La Vida»

  1. Avatar de Rosario Hinostroza Portocarrero
    Rosario Hinostroza Portocarrero

    Jorge, te comento que siempre me dejas con el deseo de continuar, leyendo.
    Y mi palabra siempre es la misma: en ti Mora Dios Espíritu Santo!!
    Que dichosa soy Dios mío!!
    Por haberme puesto en mi vida aún sin conocerte personalmente, porque eres una gracia que Dios se digna darnos a todos los que te seguimos.
    Infinitas Bendiciones ✨🔥✨

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