Por qué el Catecismo de 1992 es la Respuesta a los Desafíos de Trento y la Modernidad

En el debate eclesial contemporáneo, la fe parece verse asediada por dos fuerzas centrífugas que, aunque opuestas en apariencia, comparten una premisa errónea: la idea de que la Tradición es un bloque estático de granito. Por un lado, el progresismo secularizante pretende disolver el depósito de la fe en las corrientes del relativismo, bajo la excusa de una modernización que termina en ruptura. Por otro, el tradicionalismo rígido busca refugiarse en un «gueto» de nostalgia, confundiendo la fidelidad con el inmovilismo y rechazando el aliento renovador del Espíritu Santo en la historia reciente.

Sin embargo, como bien comprendieron figuras de la talla de John Henry Newman o Joseph Ratzinger, la verdadera Tradición no es una estructura inerte, sino un «río vivo» que fluye desde su fuente —Cristo— adaptándose a los relieves del tiempo sin perder su esencia. El paso del Concilio de Trento al Vaticano II, y la posterior cristalización en el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, no representa una traición al pasado, sino su actualización necesaria. Frente a una Iglesia preconciliar que, a pesar de sus virtudes, se había vuelto inaudible para el hombre post-ilustrado, el Catecismo surge no como una concesión al mundo, sino como una propuesta de belleza y verdad capaz de dialogar con la libertad de conciencia sin renunciar al dogma. El presente ensayo busca explorar cómo esta «hermenéutica de la continuidad» es la única vía segura para conservar el depósito de la fe en una sociedad que ya no entiende el lenguaje del anatema, pero que sigue sedienta del Logos.

Históricamente, el mundo ha cambiado desde la reforma del siglo XVI, motivo por el cual se convocó el Concilio dogmático de Trento, para combatir los errores doctrinales de la reforma y la ruptura de la unidad europea por ende. Movimientos como la Ilustración, filosofías como el empirismo, idealismo, positivismo… movimientos culturales como el romanticismo, políticos como el socialismo, de gran influencia en los siglos XVIII, XIX, XX no tuvieron la atención adecuada por parte de la Iglesia. Se puede debatir mucho de esto, pero es indudable que estos temas, si se abordaron, no tuvieron eco en las sociedades.

¿Cómo evangelizar en un entorno en el que, nos guste o no, la llamada libertad de conciencia llena espacios civiles y académicos? ¿Bastaba con aumentar el tamaño de los libros del Index? Mantener estructuras e instituciones “tal como están”… ¿sería esta una respuesta adecuada a la tarea de la Iglesia de conservar el depósito de la fe (depositum fidei)?

1. Del anatema a la belleza: un cambio pedagógico, no doctrinal

El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), promulgado por san Juan Pablo II en 1992, no abandona el depositum fidei, sino que busca presentarlo con un lenguaje más acogedor, más existencial, más narrativo. Esto no es una concesión al relativismo, sino un reconocimiento de que la verdad no solo se impone, sino que atrae. En esta línea, el Vaticano II no niega Trento, sino que lo sitúa en un horizonte más amplio: no se trata de definir contra (contra los herejes, contra los errores), sino de proponer desde (desde la plenitud de Cristo, desde la experiencia de la Iglesia como sacramento de salvación).

El abandono de los anatemas en el lenguaje catequético no significa que la Iglesia haya renunciado a la distinción entre verdad y error —esa distinción sigue siendo esencial—, sino que ha cambiado su método de comunicación, consciente de que en una sociedad marcada por la autonomía de la conciencia (Kant), la imposición jurídica o dogmática sin mediación pastoral genera rechazo más que conversión.

2. La “mayoría de edad” del hombre y el reto evangelizador

El diagnóstico kantiano de la Ilustración —“Sapere aude!”, atrévete a pensar por ti mismo— ha calado profundamente en la mentalidad contemporánea. El hombre post-ilustrado no acepta fácilmente la autoridad externa, menos aún si se presenta como coercitiva o cerrada al diálogo. Por eso, la Iglesia —siguiendo la hermenéutica de la continuidad , tan defendida por Benedicto XVI— no debe romper con su pasado, sino reinterpretarlo a la luz del presente, sin traicionarlo.

Aquí radica la grandeza de documentos como Gaudium et Spes: no parten de una defensa cerrada de la tradición, sino que leen los signos de los tiempos y buscan anclar el Evangelio en las preguntas reales del hombre contemporáneo: ¿qué es el hombre?, ¿cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte?, ¿qué puede esperar del progreso técnico y social?

3. La tentación del inmovilismo y la verdadera fidelidad

La respuesta de la Iglesia a los grandes movimientos modernos (Ilustración, empirismo, idealismo, socialismo, etc.) fue, en muchos casos, defensiva, incluso reactiva. El Syllabus errorum (1864) es un ejemplo claro: una condena sistemática de las ideas modernas, sin un esfuerzo suficiente por comprenderlas desde dentro ni por ofrecer una síntesis evangélica capaz de superarlas desde la verdad revelada.

Pero la auténtica fidelidad al depósito de la fe no consiste en repetir fórmulas, sino en transmitir vivamente su contenido en cada época. Así lo entendieron figuras como Newman, que distinguía entre desarrollo y corrupción de la doctrina, o como Guardini, que veía en la modernidad no solo una amenaza, sino también una ocasión providencial para purificar la fe de incrustaciones culturales caducas.

4. Evangelizar en una sociedad post-cristiana

En un contexto donde la fe ya no es el marco compartido, sino una opción entre otras (o incluso una anomalía), el lenguaje del anatema no solo es ineficaz, sino contraproducente. La evangelización exige testimonio, diálogo, belleza y misericordia. No se trata de “blandir la verdad como un garrote”, sino de dejar que la verdad se manifieste en la vida concreta de los creyentes.

El Catecismo, al presentar la doctrina católica como una propuesta de vida plena, no traiciona a Trento; más bien, cumple su misión de manera más adecuada al espíritu de los tiempos. Porque la verdad no cambia, pero su expresión sí debe encarnarse.

Críticas tradicionalistas

Las críticas del tradicionalismo se basan en el cuestionamiento del Vaticano II. Pero en realidad, la Iglesia preconciliar no era ni mucho menos, ideal. El hecho de que muchas posiciones heterodoxas se infiltraran en la misma, obedece al hecho de que, orgánica y eficazmente, la Iglesia no respondía con las armas de la fe y la razón los desafíos de las nuevas corrientes. Lo que hubo fueron documentos pontificios de diversos papas señalando los errores. Sin embargo, era necesario un concilio que dé una respuesta, desde el sumo pontífice y todos los obispos que explicitaran, clarificaran la doctrina de modo que respondiera eficazmente, a los desafíos que enfrentaba la iglesia hasta entonces. El tradicionalismo se caracteriza por un estancamiento y negativa siquiera a cuestionar las diferentes ideologías presentes en el mundo.

En efecto, una de las paradojas más notables del tradicionalismo católico —al menos en su vertiente más rígida y reactiva— es que idealiza un pasado eclesial que, en la realidad histórica, estaba lejos de ser un modelo de coherencia, unidad o eficacia evangelizadora. Detrás de esa nostalgia suele haber una visión esencialmente desencarnada de la Iglesia: como si la comunión, la ortodoxia y la santidad hubieran sido la norma universal antes del Vaticano II, cuando la historia muestra una realidad mucho más compleja, con tensiones, abusos, indiferencia pastoral, y sí, también heterodoxias.

La Iglesia preconciliar: más problemas de los que se reconocen

Antes del Vaticano II, la Iglesia ya enfrentaba una serie de desafíos urgentes:

  1. Clericalismo excesivo, que alejaba a los fieles de una participación activa en la vida espiritual.
  2. Falta de formación teológica y bíblica en el clero y en los laicos.
  3. Desconexión entre la liturgia y la vida cotidiana, con misas en latín ininteligibles para muchos.
  4. Presencia creciente de corrientes modernistas (aunque condenadas, no fueron erradicadas; en muchos casos se volvieron más sutiles).
  5. Incapacidad para dialogar con la modernidad, no por fidelidad, sino por temor —lo que llevó a una especie de “gueto católico”, especialmente tras la pérdida de los Estados Pontificios.

El mero hecho de que Pío IX, León XIII, Pío X, Pío XI y Pío XII hayan publicado encíclicas y documentos condenando errores no garantizaba que esos textos se inculturasen en la vida de la Iglesia. A menudo, se quedaban en el plano teórico o burocrático, sin transformar la pastoral, la catequesis o la formación intelectual.

La necesidad de un concilio: no como ruptura, sino como respuesta pastoral y doctrinal

El Vaticano II no fue un “error histórico”, como algunos tradicionalistas afirman, sino una respuesta providencial a una situación real: la Iglesia se había vuelto inaudible para el mundo moderno. Juan XXIII lo expresó claramente: no se trata de cambiar la doctrina, sino de “abrir las ventanas” para que el Espíritu renovara la casa.

Un concilio ecuménico —con la participación del Papa y de los obispos en comunión con él— era (y es) el órgano más alto de discernimiento y enseñanza de la Iglesia. Era necesario, entonces, que la Iglesia hablara con una sola voz, no solo para corregir errores internos, sino para ofrecer al mundo una propuesta evangélica renovada, no defensiva.

Documentos como Dei Verbum (sobre la Revelación), Lumen Gentium (sobre la Iglesia), Gaudium et Spes (sobre la misión en el mundo) o Sacrosanctum Concilium (sobre la liturgia) no introducen novedades doctrinales, sino que profundizan en verdades ya presentes, ahora expresadas con un lenguaje más bíblico, patrístico y existencial.

El tradicionalismo como fuga, no como fidelidad

El tradicionalismo, en su forma más rígida, no es fidelidad, sino rechazo al discernimiento. Prefiere una imagen idealizada del pasado a la tarea exigente de encarnar el Evangelio en el presente. En lugar de confrontar las ideologías modernas con la razón iluminada por la fe —como hizo, por ejemplo, san Juan Pablo II con el marxismo o Benedicto XVI con el relativismo—, opta por negar la legitimidad misma del diálogo, como si la verdad no pudiera brillar fuera de un marco preestablecido del siglo XIX.

Esto conduce a una actitud gnóstica y elitista: quienes “saben” la verdad se separan del resto, incluyendo a la misma Iglesia cuando perciben que “se ha desviado”. Pero la verdadera Tradición (con mayúscula) no es un museo de fórmulas, sino el río vivo del Espíritu, que lleva la misma fuente (Cristo) a nuevos territorios, sin perder su esencia.

La verdadera tradición: dinámica, no estática

Como decía el cardenal Newman, la doctrina católica crece, madura, se desarrolla, pero sin contradecirse. El Vaticano II no rompe con Trento o con el Vaticano I; más bien, los supera dialécticamente: toma lo esencial y lo reexpresa en un nuevo contexto. Esto es lo opuesto al tradicionalismo, que confunde la forma histórica de la enseñanza con su contenido eterno.

Por eso, la crítica tradicionalista al Vaticano II suele basarse en una lectura ideológica, no en una comprensión teológica del concilio. Niega la posibilidad de que el Espíritu Santo haya guiado a la Iglesia también en el siglo XX —una postura que, irónicamente, termina cuestionando la asistencia del Espíritu al Magisterio.

Conclusión

En resumen: la Iglesia preconciliar no era un paraíso perdido, y el Vaticano II no fue una caída, sino un esfuerzo renovado —inspirado, guiado, santo— por ser fiel al Evangelio en un mundo que ya no entendía el lenguaje de antaño. El verdadero conservador del depósito de la fe no es quien se aferra a una época, sino quien, como Pablo VI, sabe decir: “El mundo en que vivimos es nuestro mundo. No podemos escapar de él”.

Y parafraseando a Ratzinger: la fe no se defiende cerrando puertas, sino abriendo ventanas al Logos que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Era necesaria una respuesta al nivel de Trento para responder a los desafíos de estos tiempos.

El Catecismo de la Iglesia Católica es un documento de necesaria lectura y meditación, si deseamos hacer frente a las corrientes relativistas que se han infiltrado a la Iglesia, que vienen precisamente por no enfrentarlas directamente.. Hace unos años, Benedicto XVI proclamó el “Año de la fe”, que precisamente buscaba la lectura del Catecismo y los documentos del Vaticano II. He procurado dar someramente algunos de los antecedentes de la necesidad del Vaticano II, y del Catecismo como instrumentos para poder evangelizar en esta era tan difícil. Frente a las diferentes lecturas de la situación actual, el camino seguro es la Hermenéutica de la Continuidad: la necesidad de reformas dentro del marco de la fidelidad al depósito de la fe.

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