He observado con tristeza cómo algunos movimientos o propuestas de vida espiritual, bajo el disfraz de “reglas de perfección”, terminan cargando a los fieles sin darles los medios para caminar.
-
Exigen asistencia obligatoria, ejercicios espirituales anuales con costos fijos (200 soles o más), “compromisos comunitarios”… pero no ofrecen acompañamiento espiritual real, ni discernimiento, ni compasión por las circunstancias concretas de cada persona.
-
Hay quienes no pueden participar más, no por falta de fe, sino por exceso de amor: cuidan a padres o adultos mayores que necesitan su presencia constante. Su “incomparecencia” no es deserción; es fidelidad en otro altar: el de la cama del enfermo, la cocina de la casa, el silencio de una vejez solitaria.
Y sin embargo, aun cuando cuentan con formación, vocación y disposición para servir —por ejemplo, en catequesis—, son excluidos sin diálogo, sin que se les pregunte: “¿En qué horario sí podrías? ¿Cómo podríamos adaptarnos a tu realidad?”.
Es como si la Iglesia solo tuviera espacio para quienes encajan en un horario fijo, en un modelo ideal… pero no para aquellos cuya vida ya es un acto de entrega.
Cuando quise colaborar en catequesis, me excluyeron precisamente por cumplir ese otro deber.
Pero ese cuidado es mi apostolado. Es allí donde vivo la entrega, la paciencia, la cruz silenciosa, el amor encarnado.
Peor aún: discriminan según el estatus económico.
Quien no puede pagar, quien no “cumple” con los requisitos materiales, queda marginado, como si su fe valiera menos. Esto no es del Espíritu de Cristo, que anunció el Evangelio a los pobres y dijo: “Mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11,30).
Este pasaje es muy vigente:
Santiago 2,1–9
1 Hermanos míos, no tengáis la fe en nuestro Señor Jesucristo, Señor de la gloria, con acepción de personas. 2 Pues si entra en vuestra asamblea un hombre con anillo de oro y vestido lujoso, y entra también un pobre con ropa andrajosa, 3 y miráis al que va vestido con lujo y le decís: «Tú, siéntate aquí en buen lugar», y al pobre le decís: «Tú, quédate allí de pie» o «siéntate aquí en el suelo, a mis pies», 4 ¿no hacéis distinciones entre vosotros y no juzgáis con criterios perversos? 5 ¡Escuchad, hermanos amados! ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo para que sean ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman? 6 Pero vosotros los humilláis. ¿No son acaso los ricos los que os oprimen y os arrastran ante los tribunales? 7 ¿No son ellos los que blasfeman el buen nombre que sobre vosotros ha sido invocado? 8 Sin embargo, si cumplís la ley real según la Escritura: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, hacéis bien. 9 Pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado y quedáis convictos por la ley como transgresores.
Una espiritualidad que favorece a quienes tienen recursos, mientras margina o humilla a quienes no pueden cumplir exigencias económicas, traiciona la fe en Jesucristo, “Señor de la gloria”.
Santiago no solo condena esa actitud: la califica como pecado.
Y hay algo que duele profundamente: el desprecio por formas humildes de servicio.
A un hermano que, semana tras semana, sirve fielmente como acomodador en la iglesia —acogiendo, ordenando, velando por la dignidad del espacio litúrgico— le dijeron: “Eso no es apostolado”.
¿En serio? ¿Acaso el servicio silencioso, la hospitalidad, el cuidado del lugar donde se celebra la Eucaristía, no son obra del Espíritu?
El Concilio Vaticano II fue claro: el laico no está al servicio de la institución, sino del Reino en medio del mundo.
Como dice Lumen Gentium 31:
“Los laicos viven en el mundo, es decir, en cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida.”
Su misión no se mide por horas en reuniones, ni por cuánto dinero aporta, ni por su capacidad de encajar en estructuras rígidas. Se mide por fidelidad en su vocación concreta: en el hogar, en el trabajo, en la vecindad, en el cuidado de los suyos.
Una regla espiritual verdadera nunca humilla, nunca excluye, nunca convierte la pobreza en defecto.
Al contrario: libera, acompaña, se adapta a la realidad de cada alma y abre caminos de gracia, no de culpa.
Yo no desprecio a otras comunidades ni sus caminos. Respeto las diversas formas de buscar a Dios. Pero sí digo con claridad: esto no me sirve a mí como laico.
Mi espiritualidad se nutre de lo esencial:
- la Sagrada Escritura,
- el Catecismo de la Iglesia Católica,
- los documentos del Magisterio (sobre todo del Vaticano II),
- la Introducción General al Misal Romano,
- el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia,
- la Misa diaria (aunque sea en espíritu cuando no puedo asistir),
- el Rosario,
- la Liturgia de las Horas,
- y, sobre todo, el abandono confiado a la Divina Providencia: aceptar lo que Dios permite en cada momento y cumplir el deber tal como se presenta.
María, la más pura y humilde, nos enseñó el camino con su “Fiat”: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).
No pidió un plan perfecto, ni condiciones ideales. Solo dijo sí al momento presente, con todo lo que traía: incertidumbre, riesgo, pobreza, misterio.
La santidad no está en cumplir reglas humanas, sino en amar con libertad, servir sin espectáculo y permanecer fieles cuando todo se desvanece.
Que el Señor nos dé discernimiento para distinguir entre lo que edifica… y lo que solo agota.
Y que nunca olvidemos: Dios no busca perfección organizativa, sino corazones disponibles.
![]()


Deja una respuesta