Fe en el silencio

Fe en el silencio

Ana: Fe en el Silencio de Dios

1 Samuel 1 (Biblia CELAM) 7 Así sucedía año tras año: cada vez que subían al santuario del Señor, Penina la irritaba de esa manera, y Ana lloraba y no comía. 8 Entonces su marido Elcana le decía: «Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Por qué está triste tu corazón? ¿Acaso no te soy yo mejor que diez hijos?» 9 Después de haber comido y bebido en Siló, Ana se levantó. El sacerdote Elí estaba sentado en su silla junto al pilar de la entrada del templo del Señor. 10 Con el alma amargada, ella oró al Señor y lloró con gran dolor. 10 Y haciendo un voto, dijo: «¡Señor todopoderoso! Si te dignas mirar la miseria de tu servidora, acordarte de mí y no olvidarte, y das a tu sierva un hijo varón, yo lo consagraré al Señor todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza». 12 Mientras ella oraba largamente ante el Señor, Elí observaba sus labios. 13 Ana hablaba en su corazón; sólo se le movían los labios, pero no se le oía la voz; por eso Elí pensó que estaba ebria. 14 «¿Hasta cuándo vas a seguir embriagada? —le dijo—. ¡Deja ya el vino!» 15 Pero Ana le respondió: «No, señor mío; soy una mujer muy afligida. No he bebido vino ni licor, sino que he derramado mi alma ante el Señor. 16 No tengas a tu sierva por una mujer indigna; es por el exceso de mis penas y de mi aflicción que he hablado hasta ahora». 17 Entonces Elí le dijo: «Vete en paz, y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido». 18 Ella respondió: «Que tu sierva halle gracia ante tus ojos». Y se fue por su camino, comió y ya no estuvo triste. 19 Al día siguiente, madrugaron, adoraron al Señor y volvieron a su casa en Ramá. Elcana se unió a su mujer Ana, y el Señor se acordó de ella. 20 Pasado algún tiempo, Ana concibió y dio a luz un hijo. Le puso por nombre Samuel, diciendo: «Porque lo pedí al Señor».

La Herida de la Esterilidad en una Sociedad que Honra la Maternidad

Hoy día se me vino a la mente… Ana, la esposa de Elcana. Su rival, Penina, hacía mofa de ella por su esterilidad. En una sociedad que honra la maternidad, Ana era objeto de escarnio. Como mujer piadosa, se refugió en Dios. Tan solo me imagino cuánto tiempo habría sufrido esto, tratando de ser consolada por su esposo. Pero ese consuelo tibio que él le daba no sanaba la herida, no consolaba su corazón.

El Punto Crítico: Del Dolor al Templo

Hasta que, ya dentro del relato de 1 Samuel, la burla, la herida, el sentido de abandono alcanzó su punto más crítico. Ana decidió algo: fue al templo, recurrió a Dios. Ese Dios, que quizás en la mente de Ana era el que le negaba el ser madre, el que permitía las burlas de Penina, el que le dio un esposo que no podía ayudarla…, va al templo y, en silencio —porque a veces no existen palabras para expresar las profundidades del alma, las heridas del menosprecio— ora con el corazón. Para colmo, un sacerdote insensible confundió los motivos de ella, hizo un juicio temerario, la menospreció. Y es ahí, en medio del juicio errado de Elí —quien confunde su angustia con embriaguez—, donde su humildad y claridad interior brillan aún más. No lo confronta con rencor, sino con verdad y dolor: «No soy una mujer vana, señor mío; estoy muy angustiada y he derramado mi alma ante el Señor» (1 Samuel 1,16). Es una confesión de fe en medio del abismo. Y esa fe, que no se basa en lo visible ni en lo razonable, abre el cielo.

Ana frente a la Crisis Espiritual Contemporánea

Esto es semejante a lo que les pasa a tantas personas: sienten el silencio de Dios, la indiferencia de sacerdotes que deberían representar la misericordia de Dios, como a muchos… Pero Ana tenía un corazón diferente: en lugar de renegar de Dios, abandonar el templo y cuestionar el sacerdocio, con sumo respeto expuso lo que le pasaba… y recibió una bendición. Duele mi corazón cuando muchos, ante situaciones parecidas, reniegan de Dios, o abandonan la Iglesia para irse a otra, o se vuelven cínicos y suspicaces ante los sacerdotes.

El Misterio del Sufrimiento y la Presencia de Dios en Cristo

El misterio del sufrimiento no se resuelve con explicaciones, sino con presencia. Y Dios, en su Hijo, no nos dio una teodicea, sino una cruz. No una defensa lógica del mal, sino una comunión real con el que llora, sangra y espera. En ese sentido, cada Ana de hoy —todo creyente herido, silenciado, mal juzgado— está llamado a no perder la fe en la misericordia divina, incluso cuando los instrumentos humanos de esa misericordia fallen estrepitosamente.

Fe Teologal: Más Allá de lo Razonable

No puedo atreverme a explicar por qué Dios aparentemente permite que, en la existencia de muchas personas, su fe sea probada aparentemente por encima de lo «razonable». Pero la fe teologal va más allá de los sentidos, de las probabilidades, de lo «evidente», y se atreve a sumergirse en el misterio: aquello que no podemos explicar. Sin embargo, cuando Ana, a pesar de todo, volcó su corazón ante ese Dios silente, ese sacerdote indiferente, con una fe más allá de lo humano, es bendecida, y eventualmente tiene un hijo después del tiempo que corresponde: se acabó el sufrimiento, el silencio, la discriminación… ¿Cuántas veces Dios —sí, porque es Él— permite que suframos todo eso: silencio, indiferencia, hombres que fallan? En esto entramos en el misterio, aquello que no admite explicaciones fáciles, pero que es real. El misterio no se explica, se acepta. Pero Dios sí da respuestas al sufrimiento humano: Jesús, Dios encarnado, que sufrió todo lo que nosotros pasamos, pero que no pecó, no se rebeló, no cuestionó el amor de su Padre, mantuvo la esperanza de que el Padre le haría justicia. Después de la agonía de la cruz, el silencio de la tumba, aparece la resurrección…

Injertados en la Cruz y en la Resurrección

El bautismo no nos exime del sufrimiento, sino que nos une al sufrimiento redentor de Cristo. No para que padezcamos sin sentido, sino para que, en Él, nuestro dolor también se transforme en ofrenda, en esperanza, en germen de resurrección.

Conclusión: Sufrir con Esperanza

Todo bautizado es injertado en la muerte y resurrección de Cristo, no para huir del sufrimiento ni ser eximido de este. La cruz responde al misterio del sufrimiento con Dios mismo, que vino a sufrir contigo, pero que comparte el triunfo de la resurrección. Por eso, sufre las contradicciones de los hombres —que deberían ayudarte, que deberían representar la misericordia de Dios— y ábrete a la fe, al misterio… Y al final, de algún modo, verás que la esperanza de la resurrección se te da en consuelos en esta vida, y el triunfo y recompensas finales en la otra.

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