Este año, he descubierto que la verdadera evolución no se mide en logros, sino en libertad
Hace poco noté un pequeño cambio en mi relación con una persona que era difícil de tratar. Sí, me enojé, pero esta vez dentro de ciertos límites de duración e intensidad. Del mismo modo, también puedo decir que mi intuición era correcta con una Universidad en la que comencé a estudiar, por lo cual no volveré. Siguen los abusos, y la calidad ética y moral de los compañeros no es la adecuada.
Creo que mis habilidades se van decantando por la escritura. Seguiré escribiendo y me seguiré capacitando —en gramática, ortografía y temas teológicos—. Proseguiré con la lectura de la Biblia en un año y del Catecismo. He observado que, al menos en esta etapa, se me hace más fácil escribir que disertar.
He comprendido que la llamada al sacerdocio —o el carisma sacerdotal— no necesariamente coinciden con la ordenación institucional. En la Iglesia Latina, el celibato es norma para la ordenación, y respeto esa disciplina. Pero, apoyándome en las palabras de Cristo y de san Pablo, declaro con paz que el celibato no es para mí:
«No todos pueden aceptar esta palabra, sino aquellos a quienes se les ha concedido»
—Mateo 19,11«Es mejor casarse que abrasarse»
—1 Corintios 7,9
Sin culpa —ni propia ni ajena—, viviré mi carisma tal como Dios me lo ha dado, sin aspirar al sacerdocio institucional ni cuestionar a la Iglesia.
He marcado mis límites con mis parientes, y en ese límite hay paz.
He comprendido también que la presencia de Dios no depende de consuelos ni sensaciones. La fe no se apoya en emociones. Mi Dios está conmigo en mis cruces: en el dolor, la tristeza, la enfermedad, la traición… Y aún en esas cosas, no estoy solo. ¡Dios me ama!
Por eso he decidido escribir para los “perplejos” de esta época: no para académicos, sino para quienes dudan, han sido heridos por la religión o buscan sentido en medio del caos. Mi objetivo es enseñar, formar y alentar con fidelidad y claridad.
He decidido poner de lado la búsqueda de títulos académicos —no por falta de capacidad; incluso podría estudiar ciencia de datos—, sino para concentrarme en lo que la voluntad de Dios me muestra. Solo la voluntad de Dios pone las fronteras de mi vida. Y en esas fronteras, encuentro libertad.
He aprendido a discernir a las personas no por lo que dicen, sino por lo que hacen. Las promesas se evaporan; las acciones permanecen.
He aprendido también a tener paz en medio del cambio. Ya no me inquieta que mi sábado ideal sea ahora una tarde tranquila con un buen libro, una conversación profunda o la compañía silenciosa de una buena música.
Parafraseando a Wayne Dyer: estoy aprendiendo a regocijarme en el otoño de mi vida, sin añorar el verano que ya pasó.
Hoy tengo más tiempo —y más coraje— para ser quien siempre quise ser, no el que el mundo esperaba que fuera.
Ahora, más que nunca, anhelo la autenticidad. Y en ella, encuentro descanso.
He aprendido a valorar la calidad antes que la cantidad.
Hoy reconozco a mis verdaderos amigos: no son los que aparecen en los momentos fáciles, sino los que han caminado conmigo a través de varias estaciones de mi vida, y especialmente en esta —la del otoño, la de las preguntas sin prisa, la de los límites sanos y la escritura callada— sin abandonarme, aun cuando las tormentas han sido fuertes.
Su presencia no depende de lo que yo les ofrezca, sino de un amor que elige quedarse. Y en esa fidelidad humana, veo un reflejo del amor que Dios mismo me muestra en la cruz: presente, silencioso, constante.
He aprendido a preferir lo simple y minimalista antes que lo pomposo y lujoso.
He aprendido a apreciar el silencio, no como ausencia, sino como espacio sagrado donde el alma respira y Dios habla sin ruido.
Y, quizás lo más difícil de todo: he aprendido a aceptarme y apreciarme, no por lo que hago, sino por lo que soy —un ser amado, frágil, en camino.
He aprendido a valorar el hoy, este instante, tal como viene.
Sé que nunca jamás un día es igual a otro. Los minutos no se repiten; cada respiración es don.
Por eso me niego —siquiera a considerar— el aburrimiento, ni mucho menos esa añoranza enfermiza que encadena al pasado.
Cada instante es nuevo cuando vivo en la presencia de Aquel que hace nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21,5).
Y si Él renueva el mundo, ¿cómo no va a renovar también este momento?
“No busco agotar la vida en busca de emociones, sino saborear su médula en cada instante — especialmente en el silencio, especialmente en la cruz—, porque allí está Aquel que hace nuevas todas las cosas.”
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