El espiritu Del Anticristo

El espiritu Del Anticristo

“El que no confiesa que Jesús ha venido en la carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo” (1 Jn 4,3).

Esta es la segunda parte del artículo anterior. Aquí trato de las deviaciones que se han dado en la historia de la doctrina de la encarnacion.

Dios no salva a la humanidad desde fuera, sino desde dentro. En Cristo, el Vero asumió plenamente la condición humana —con su cuerpo real, sus emociones, su sufrimiento, su muerte— “siendo tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4,15). Negar la verdadera humanidad de Cristo, como hicieron los docetas, es vaciar la cruz de su poder redentor. Por eso, toda espiritualidad que promete exención del sufrimiento, riqueza material o una fe desencarnada, niega sutilmente la encarnación y cae bajo la advertencia del versículo citado arriba de san Juan.

La Iglesia, cuerpo de Cristo, inserta en la historia humana

Si Cristo se hizo carne en un tiempo y lugar concretos, su Cuerpo —la Iglesia— no puede abstraerse del mundo. En espíritu de Gaudium et Spes, la Iglesia no es una comunidad celestial que mira desde arriba, sino una comunidad peregrina que camina en medio del mundo, compartiendo sus alegrías y tristezas, sus esperanzas y angustias. Por eso, pretender una fe que evite el dolor, la pobreza, la injusticia o la fragilidad corporal es traicionar su naturaleza encarnada.

Los sacramentos: prolongación visible de la humanidad de Cristo

Porque el Verbo se hizo carne, la materia puede ser vehículo de gracia. Comer su carne y beber su sangre (Jn 6,55) no es metáfora, sino el lugar donde la humanidad redimida se alimenta de la vida divina. Los sacramentos son “signos visibles de la gracia invisible” no por convención, sino porque en Cristo, lo visible y lo espiritual se unieron para siempre. Negar la eficacia real de los sacramentos —reduciéndolos a símbolos o recuerdos— es prolongar la lógica docética: si su cuerpo no fue verdadero, tampoco puede estar verdaderamente presente hoy.

La participación en la misión de Cristo: sufrimiento, ofrenda y liturgia

El creyente no solo recibe la salvación, sino que es incorporado a la obra de Cristo. Por eso Pablo dice: “Completo en mi carne lo que falta de las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24). Esta participación no añade mérito a la cruz, sino que manifiesta su fruto en la historia. Igualmente, presentar “vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Rom 12,1) es la lógica natural de quienes han sido unidos a Cristo: su cuerpo, ya redimido, se convierte en altar cotidiano. Esto implica que la vida moral, la oración, el trabajo, el sufrimiento y la celebración litúrgica forman una sola ofrenda.

Inculturación: la fe como síntesis viva en cada pueblo

Una fe encarnada no puede ser abstracta ni universalista en el mal sentido. Al igual que Cristo nació judío, en Galilea, hablando arameo, la Iglesia debe asumir las culturas en las que anuncia el Evangelio. Esto no se limita a la música o el lenguaje, sino que abarca doctrina, moral, liturgia y evangelización, todo ello expresado en formas que el pueblo reconozca como propias. No se trata de “acción social más doctrina”, sino de una síntesis: la doctrina ilumina la vida concreta; la moral se vive en las relaciones reales; la liturgia celebra la presencia de Dios en la historia del pueblo; y la evangelización es testimonio de que Cristo ya está actuando allí.

Negar la realidad de la Iglesia visible es negar la lógica misma de la Encarnación.

Cristo, la Cabeza, no se limitó a una presencia espiritual o simbólica: se hizo carne verdadera, palpable, histórica. Del mismo modo, su Cuerpo —la Iglesia— no puede ser una entidad puramente invisible, etérea o subjetiva. Si el Verbo asumió una humanidad concreta para salvarnos, también asumió una comunión visible para sostenernos. Una fe que rechaza la dimensión corporal de la Iglesia termina espiritualizando el cristianismo hasta vaciarlo de realidad, tal como Santiago nos advierte: “el cuerpo sin espíritu está muerto, y así también la fe sin obras” (Sant 2,26). Pues bien, la Iglesia sin cuerpo —sin estructura, sin sacramento, sin comunión histórica— no es el Cuerpo de Cristo, sino una sombra de Él. La verdadera Iglesia, como Cristo mismo, es al mismo tiempo humana y divina, visible y espiritual, peregrina y santa. Quien niega su visibilidad niega, sin quererlo, que el Verbo siga habitando entre nosotros.

Contra la escisión calvinista: la Iglesia no es “invisible en esencia”

La distinción propuesta por Juan Calvino entre una “Iglesia invisible” —compuesta solo por los verdaderos elegidos, conocidos exclusivamente por Dios— y una “Iglesia visible” —una mezcla de creyentes y falsos profesantes— pretende preservar la pureza espiritual de la Iglesia. Pero en el fondo, rompe la unidad ontológica de la Iglesia como sacramento de salvación.

Calvino es explícito al respecto:

«En primer lugar, debemos notar que en la Escritura se describe la Iglesia de dos maneras. Algunas veces se refiere a ella como la compañía de los santos que, regenerados por el Espíritu de Dios, han sido incorporados a Cristo y viven en obediencia a Él; y esta es la Iglesia verdadera y espiritual, conocida solamente por Dios. Otras veces, se habla de aquellos que profesan públicamente la fe y participan en los sacramentos, aunque entre ellos haya muchos hipócritas.» (Institutas de la Religión Cristiana, IV.i.7)

Según esta lógica, la Iglesia “verdadera” es esencialmente invisible; su forma visible —sus sacramentos, su ministerio ordenado, su culto comunitario— se convierte en un mero accidente externo, una cáscara que puede incluso carecer de gracia real. Pero esto contradice radicalmente la lógica de la Encarnación: Cristo no se hizo hombre solo “en el corazón de los elegidos”, sino en la carne histórica de Jesús de Nazaret. Del mismo modo, su Cuerpo, la Iglesia, no puede ser una realidad espiritual disociada de una forma visible, sacramental y comunitaria.

Jesús no dijo: “Donde estén dos o tres en secreto en el corazón, allí estoy yo”. Dijo: “Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Su presencia está ligada a una comunión real, no a una abstracción subjetiva. Además, fundó a sus apóstoles con autoridad concreta (“lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo”, Mt 16,19; 18,18), instituyó sacramentos objetivos (bautismo, eucaristía) y habló de su Iglesia como una ciudad sobre el monte (Mt 5,14), no como un susurro escondido en las conciencias.

La doctrina calvinista, al privilegiar lo “invisible”, termina desencarnando la Iglesia. Y una Iglesia desencarnada no puede ser el sacramento de salvación que Cristo quiso, ni el signo eficaz de unidad que el mundo necesita.

Ciertamente, hay pecadores en la Iglesia —Cristo mismo habló de la cizaña entre el trigo (Mt 13,24-30)—, pero eso no anula su santidad esencial ni su identidad visible. Pedro negó a Cristo, y aun así siguió siendo la roca; Judas estuvo entre los doce, pero la Iglesia no dejó de ser una.

La Iglesia católica, en cambio, confiesa con el Concilio Vaticano II que:

“subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y los Obispos en comunión con él” (Lumen Gentium, 8). No es una “aproximación externa” a la Iglesia verdadera; es la Iglesia verdadera, aunque peregrina y marcada por la debilidad humana.

Negar esto no es “proteger la santidad de Dios”; es negar que Dios quiera salvarnos a través de un cuerpo visible, como lo hizo al asumir nuestra carne. Y eso, sin quererlo, vacía el cristianismo de su carácter histórico, encarnado y comunitario.

Conclusión

La encarnación no es un dato histórico aislado, sino el principio permanente de la vida de la Iglesia. Toda espiritualidad, enseñanza o práctica que niegue la realidad del sufrimiento, la necesidad de la cruz, la eficacia de los sacramentos o la inserción en la cultura concreta, corre el riesgo de caer en una forma moderna de docetismo. En cambio, la fe católica —plenamente encarnada— es aquella que, como Cristo, se hace carne en cada tiempo y lugar, abrazando la humanidad entera con sus luces y sombras, para llevarla a la plenitud de la comunión con el Padre.

No se necesita mucho para ver cuál manifiesta el espíritu del anticristo.

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