Emocionalismo Religioso:

Emocionalismo Religioso:

cuando los sentimientos usurpan la cruz

La subjetividad como nuevo criterio de revelación

Existe una tendencia creciente —aunque no nueva— en ciertos ambientes protestantes, y lamentablemente también en algunos católicos descuidados, que convierte las emociones, sensaciones o experiencias subjetivas en criterio supremo para discernir la voluntad de Dios. Se afirma, por ejemplo: “Sentí paz al tomar esa decisión”, “El Espíritu me dio gozo cuando escuché esto”, o “Dios me habló en un sueño o en un himno”. Pero ¿acaso la voluntad de Dios se determina por lo que nos gusta, nos complace o nos consuela?

La cruz, corazón del Evangelio

Jesucristo no dijo: “Si alguno quiere seguirme, que busque emociones espirituales”. Dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9,23). La cruz no es un adorno espiritual; es el corazón del Evangelio. Y la cruz, por su naturaleza, no saborea: duele, purifica, despoja, exige obediencia.

San Juan de Ávila ya denunciaba en el siglo XVI que muchos aman “la presencia de Dios y su hermosura, porque les da sabor, y no su voluntad, porque les da cruz y trabajo”. Esta actitud no es novedad, pero hoy se ha sistematizado en una espiritualidad de consumo: un cristianismo a la carta, donde se elige lo que agrada y se descarta lo que cuesta. La Palabra de Dios ya no es norma, sino materia prima que se adapta a los gustos del creyente. La cruz se convierte en un impedimento, no en el camino.

La religión sensorial y la traición de la confianza

Esta subjetivización de la fe —heredera del libre examen protestante— ha producido una religión sensorial: se busca lo que emociona, lo que conmueve, lo que da paz inmediata, como si la fe consistiera en una terapia emocional y no en una conversión radical del corazón. Pero la verdadera paz no nace del consuelo, sino de la entrega. El gozo auténtico no proviene de la satisfacción del yo, sino de la conformidad con la voluntad de Dios, aunque esa voluntad nos lleve al desierto, al silencio, al sufrimiento o a la oscuridad.

El primer pecado —el de Eva— ya encerraba esta lógica: “Vio que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar sabiduría” (Gn 3,6). No fue un error intelectual, sino una traición de la confianza: prefirió lo que sus sentidos y deseos le mostraban por encima de la palabra recibida. Hoy, muchos hacen lo mismo: eligen una fe que saborea, no una fe que obedece.

De esa manera, incluso los cultos y las iglesias se eligen según gustos personales: se prefiere una música que emocione, un pastor que entretenga, una predicación que no confronte, un ambiente que “sienta bien”. Esto ha dado lugar a una especie de marketing eclesiástico, en el que se diseña el tipo de iglesia, el estilo de adoración y la forma de la predicación no para glorificar a Dios ni para formar santos, sino para atraer a un grupo demográfico específico. Así nace la iglesia a la carta: no el Cuerpo de Cristo que convoca y santifica, sino una comunidad de consumo espiritual que se adapta a las preferencias del cliente.

El “método Yonggi Cho” y la idolatría del deseo

David Yonggi Cho (1936–2021) fue un pastor surcoreano, fundador de la Iglesia del Tabernáculo Full Gospel en Seúl —una de las congregaciones más grandes del mundo— y figura central del movimiento pentecostal coreano. Formado en teología presbiteriana, Cho se convirtió en un influyente promotor del llamado “evangelio de la prosperidad” y de una espiritualidad centrada en la fe visualizada, la oración imaginativa y la dirección subjetiva del Espíritu.

Su nombre de nacimiento fue Cho Yong-gi, pero adoptó el nombre “Paul” al convertirse al cristianismo, en honor al apóstol Pablo. Por eso se le conoce universalmente como Paul Yonggi Cho. Sin embargo, en algún momento de su vida, también se le conoció como David Yonggi Cho.

Su libro más conocido, La cuarta dimensión (1979), expone su doctrina de que los creyentes pueden acceder a una “cuarta dimensión espiritual” —más allá del tiempo, el espacio y la materia— mediante la imaginación guiada por el Espíritu Santo. En ella, afirma, se pueden “ver” y “declarar” bendiciones futuras (salud, riqueza, éxito, cónyuges ideales, etc.) hasta que se manifiesten en la realidad física. La obra enseña técnicas de oración que incluyen visualizar escenarios deseables con detalle sensorial, confiando en que Dios los materializará si se mantiene la fe sin duda.

Esta dinámica se manifiesta con claridad en prácticas como el llamado “método Yonggi Cho”, en el que jóvenes —especialmente mujeres— toman un lápiz y escriben la lista del “esposo ideal” según su gusto: altura, peso, color de ojos, ingresos, etc. Algunas incluso citan el Salmo 37,4 —“Deléitate en el Señor, y él te concederá las peticiones de tu corazón”— como si Dios estuviera obligado a cumplir sus fantasías románticas. Pero olvidan otro versículo fundamental: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer 17,9). En su libro La cuarta dimensión, el pastor coreano de las Asambleas de Dios detalla este enfoque.

Aunque popular en círculos carismáticos y neopentecostales, la teología de Cho ha sido criticada por teólogos católicos, reformados y evangélicos clásicos por subjetivizar la fe, confundir la imaginación con la revelación, promover una mentalidad mágica y reemplazar la cruz por la comodidad. Su enfoque ha influido notablemente en prácticas como la “fe positiva”, la “confesión creativa” y métodos de “creación espiritual” del futuro —incluyendo el ya mencionado “método del lápiz”— que priorizan el deseo personal sobre la obediencia a la voluntad de Dios.

El Salmo no promete la satisfacción de nuestros deseos tal como están, sino la transformación de esos deseos. El verbo “deléitate” (heb. ānag) no significa “pide lo que quieras”, sino “regocíjate en el Señor mismo”. Solo cuando el corazón se deleita en Dios —no en sus dones, no en sus consuelos, no en sus bendiciones materiales— sus peticiones se alinean con la voluntad divina. Por eso, la enseñanza de los santos ha sido siempre clara: antes de pedir, purifica. Antes de escribir la lista, examina el corazón. Antes de confiar en lo que “sientes”, somételo a la luz de la Palabra y de la cruz.

Verdadero discernimiento: no “¿qué quiero?”, sino “¿qué quiere Dios?”

El verdadero discernimiento no pregunta: “¿Qué quiero yo?”, sino: “¿Qué quiere Dios?”. Y para responder a eso, no basta con un lápiz y una hoja de papel. Se requiere oración, humildad, consejo espiritual, examen de conciencia y, sobre todo, una disposición a renunciar incluso a lo “bueno” si no es lo que Dios dispone. Porque Dios no bendice nuestros caprichos; nos invita a participar en su santidad.

San Agustín lo expresó con lucidez: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Mientras el corazón no descanse en Dios, seguirá inquieto, buscando en criaturas lo que solo el Creador puede dar. Y cuando ese corazón inquieto intenta “crear” su futuro cónyuge, su vocación o su vida espiritual a su imagen y semejanza, no está buscando un don de Dios, sino un ídolo hecho a su medida.

La cruz como antídoto contra la espiritualidad narcisista

Por eso, la mortificación, el ayuno, la abstinencia, el silencio, la disciplina —en una palabra, la cruz— no son prácticas anticuadas, sino el antídoto contra una religiosidad narcisista. Son el camino por el cual el alma se desprende de sí misma para adherirse a Dios no por lo que Él da, sino por lo que Él es.

Quien huye de la cruz, en realidad huye de Cristo.

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