Dormir en Fragmentos

Dormir en Fragmentos

> “Mirad, pues, con diligencia cómo andáis; no como necios, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.” (Ef 5,15–16)

Durante mucho tiempo sufrí ansiedad por no poder dormir “de corrido”. Me angustiaba mirar el reloj, calcular horas perdidas y pensar que al día siguiente estaría agotado. Con el tiempo, la vida —y algunas buenas lecturas— me ayudaron a cambiar la perspectiva.

Quiero compartir esta experiencia porque sé que no soy el único. Tal vez a alguien más le sirva, como a mí, para vivir el descanso con menos culpa y más paz.

Cuando el insomnio deja de ser enemigo

Hubo una época en la que la falta de sueño me generaba una ansiedad enorme. No dormir se volvía una amenaza, y esa misma angustia hacía todavía más difícil descansar. Sin embargo, leer Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida de Dale Carnegie fue un punto de inflexión.

Uno de los aprendizajes más valiosos fue este: no añadir preocupación a una dificultad real. Si no duermo, no duermo. Angustiarme por eso solo empeora la situación. Cuando dejé de pelearme con la vigilia, algo cambió profundamente.

Hoy, si no logro dormir, procuro aprovechar ese tiempo: leo, reflexiono, rezo o simplemente dejo que la mente descanse sin exigencias. Y curiosamente, muchas veces el sueño vuelve solo.

Dormir en varias etapas: algo más humano de lo que creemos

Otra idea que me dio mucho consuelo fue descubrir que el modelo moderno de dormir ocho horas seguidas no es el único ni el más antiguo.

Durante siglos, los seres humanos dormían en dos o incluso tres etapas. Se hablaba del “primer sueño” y del “segundo sueño”. La gente se acostaba temprano, despertaba alrededor de la medianoche, y ese tiempo intermedio se usaba para rezar, conversar, leer o simplemente estar en silencio. Luego venía el segundo tramo de descanso.

Este patrón no era visto como un problema, sino como algo natural.

Incluso en la vida monástica encontramos algo parecido. Muchos monjes se levantaban a medianoche para los oficios nocturnos. No era una anomalía: era parte de su ritmo de vida. El silencio de la noche se convertía en un espacio privilegiado de interioridad.

Saber esto me liberó de mucha culpa. Comprendí que despertarme en la madrugada no significa que algo esté “mal” conmigo.

Cuando la presión externa no ayuda

A veces, desde una buena intención, algunos profesionales insisten en que debemos dormir muchas horas de corrido, como si solo existiera un modelo válido de descanso. En mi caso, esa presión fue contraproducente.

Cada persona tiene su propio ritmo, su historia, su edad, sus responsabilidades y también sus cargas emocionales. No todos dormimos igual, ni necesitamos exactamente lo mismo.

Aceptar mi forma de dormir —sin resignación, pero sin violencia interior— fue mucho más sanador que intentar forzarme a cumplir un estándar.

Las vigilias de la noche: de la ansiedad al encuentro

La Sagrada Escritura nos muestra que la noche y la vigilia no son, en sí mismas, un vacío ni una carencia, sino con frecuencia un lugar privilegiado del encuentro con Dios. Para el joven Samuel, fue en la noche cuando el Señor lo llamó por su nombre y le confió su vocación. Daniel recibió visiones nocturnas que no solo salvaron su vida, sino que marcaron el horizonte profético del pueblo de Dios. Jesús mismo buscaba la madrugada para orar en silencio, especialmente antes de momentos decisivos, como la elección de los apóstoles. San Pablo, por su parte, habla del servicio a Dios en medio de “vigilias y ayunos”, no como una idealización del cansancio, sino como expresión de una vida entregada.

Con el paso de los años, uno descubre que el sueño cambia, que ya no siempre es continuo ni previsible. Pero este cambio biológico, antes que ser motivo de ansiedad, puede convertirse —si se lo vive con sabiduría— en un tiempo fecundo de presencia, estudio, oración y escucha. La noche deja de ser un enemigo y se vuelve un umbral.

Pienso también en Simeón y Ana, figuras entrañables del Evangelio de Lucas. Su sensibilidad espiritual, su capacidad de reconocer al Mesías cuando otros no lo hicieron, parece brotar de una vida larga, perseverante, marcada por la espera y la atención a Dios. Es legítimo pensar que esos corazones afinados se forjaron también en tiempos silenciosos, en ritmos lentos, en horas en que el mundo duerme y el alma vela.

Así, las vigilias nocturnas, especialmente en la madurez de la vida, pueden ser comprendidas no como un desorden a corregir a toda costa, sino como una convocatoria discreta de Dios, que invita a habitar el tiempo de otro modo. No se trata de negar lo biológico, sino de integrarlo; no de forzar el descanso, sino de transfigurar la vigilia en encuentro. En ese espacio, el tiempo no se pierde: se ofrece.

Aprovechar la vigilia sin angustia

Hoy, cuando me despierto en la madrugada, ya no lo vivo como un enemigo. A veces leo unas páginas, otras simplemente pienso, y otras solo estoy. No me atormento.

La vida ya tiene suficientes exigencias como para convertir el descanso en otra fuente de culpa.

Si estás pasando por algo parecido, tal vez esta reflexión te ayude a mirarte con más misericordia. Dormir no es una competencia ni una obligación matemática. Es un proceso profundamente humano, que se transforma en lugar de encuentro profundo con Dios.

Y a veces, aceptar eso… ya es un descanso.


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