Una reflexión histórica, teológica y eclesial
Introducción
A lo largo de la historia, la Iglesia ha debido afrontar momentos de profunda tensión entre la fidelidad al Evangelio y la fragilidad humana. Las persecuciones del Imperio Romano, el drama de los lapsi, el testimonio de los mártires y la posterior disciplina penitencial no pertenecen solo al pasado: constituyen una escuela permanente de discernimiento pastoral.
Hoy, en un contexto muy distinto pero no menos desafiante, la Iglesia se enfrenta a una nueva tensión: la de un acompañamiento pastoral ideologizado, que corre el riesgo de vaciar de contenido la llamada evangélica a la conversión. Esta reflexión no busca enfrentarse a la jerarquía de la Iglesia, sino discernir críticamente las ideologías que, desde dentro o desde fuera, subvierten el Evangelio bajo un lenguaje aparentemente misericordioso.
1. Los lapsi: los caídos que quisieron volver
Durante las grandes persecuciones —especialmente bajo Decio y Diocleciano— muchos cristianos apostataron por miedo. La Iglesia los llamó lapsi ("los caídos"). Algunos ofrecieron sacrificios a los dioses, otros quemaron incienso, otros compraron certificados falsos, y algunos entregaron las Escrituras.
Cuando cesaron las persecuciones, muchos de ellos pidieron volver a la comunión eclesial. La pregunta fue inevitable y dramática:
¿Puede la Iglesia acoger de nuevo a quienes renegaron públicamente de Cristo?
La respuesta de la Iglesia no fue ni el rigorismo sin misericordia ni la indulgencia sin verdad. Obispos como san Cipriano de Cartago afirmaron con claridad:
- Sí, pueden volver.
- Pero no sin conversión.
- No sin penitencia.
- No sin frutos visibles de arrepentimiento.
La penitencia antigua era pública, prolongada y exigente. No buscaba humillar, sino sanar. La Iglesia se entendía a sí misma como hospital de pecadores, pero también como custodia de la verdad revelada.
2. El silencio de Japón: apostasía, tortura y fe herida
La película Silencio de Martin Scorsese ilustra magistralmente un drama similar durante las persecuciones en el Japón del siglo XVII. Cristianos sometidos a torturas extremas apostatan para salvar la vida de otros o poner fin al sufrimiento.
Muchos de ellos regresaron luego a la fe en secreto, con una conciencia herida pero viva. La Iglesia nunca negó la posibilidad de su regreso, pero siempre entendió que la reconciliación verdadera pasa por la conversión interior, no por la simple pertenencia externa.
La fe cristiana nunca fue una identidad sociológica: es una adhesión existencial a Cristo, incluso cuando esa adhesión queda marcada por la debilidad.
3. Pedro y Judas: culpa, arrepentimiento y esperanza
El Evangelio ofrece dos figuras paradigmáticas:
- Pedro, que negó a Cristo, lloró amargamente y volvió.
- Judas, que traicionó, sintió remordimiento, pero no confió en la misericordia.
La diferencia no está en la gravedad del pecado, sino en la relación con la misericordia. Pedro acepta ser mirado por Cristo; Judas se encierra en su desesperación.
La Iglesia primitiva aprendió de esto una lección decisiva: no todo dolor por el pecado es conversión. La conversión implica cambio de rumbo, humildad y retorno a la comunión.
4. Pecado público y disciplina eclesial
Desde los tiempos apostólicos, la Iglesia distinguió con claridad:
- Pecado privado → corrección privada.
- Pecado público y escandaloso → respuesta pastoral visible.
No por dureza, sino por caridad. San Pablo es claro:
"¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa?" (1 Cor 5,6)
Por eso, el acceso a la plena comunión nunca fue automático cuando el pecado era público y persistente.
5. La situación actual: acompañamiento o ideologización
En la actualidad, la Iglesia enfrenta una tensión distinta pero análoga. Personas públicas —políticos, líderes sociales, agentes pastorales— sostienen y promueven abiertamente posturas contrarias a la moral católica: aborto, ideología sexual, anticoncepción, redefinición del matrimonio.
En muchos casos, se propone un acompañamiento pastoral sin conversión, una acogida sin exigencia, una comunión sin metanoia.
Aquí surge una pregunta legítima:
¿No estamos ante una ruptura práctica con la disciplina histórica de la Iglesia?
Este fenómeno no implica un cambio doctrinal —el Catecismo permanece—, sino un retroceso disciplinar y pastoral, fruto de una ideologización del lenguaje cristiano: inclusión sin verdad, misericordia sin arrepentimiento, acompañamiento sin horizonte de conversión.
6. Misericordia verdadera y misericordia falsa
Cristo nunca relativizó el pecado. Siempre ofreció misericordia, pero nunca sin una llamada clara:
"Vete y no peques más".
Aceptar sin discernimiento a quien vive y promueve públicamente el pecado no es misericordia, sino abandono pastoral. La Iglesia antigua fue más exigente porque creía realmente en la capacidad de conversión del ser humano.
7. La Eucaristía y el peligro de acercarse indignamente
San Pablo ofrece una de las advertencias más severas del Nuevo Testamento respecto a la vida sacramental. En 1 Corintios 11,27–29, al hablar de la Cena del Señor, afirma:
“Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación”.
Estas palabras no nacen de un espíritu excluyente, sino profundamente misericordioso y pastoral. San Pablo no busca alejar a los fieles de la Eucaristía, sino evitar que el sacramento, que es medicina de vida eterna, se convierta en ocasión de daño espiritual.
La tradición de la Iglesia siempre entendió que excluir temporalmente del sacramento a quien vive objetivamente en una situación de pecado grave y público no es un castigo, sino un acto de caridad. Permitir el acceso indiscriminado a la comunión no sana: anestesia la conciencia y banaliza la gracia.
La exclusión medicinal protege tres bienes fundamentales:
- la dignidad del sacramento,
- la salud espiritual del fiel,
- y la verdad del testimonio eclesial.
En esta línea se comprende la pedagogía divina que atraviesa toda la Escritura. El Antiguo Testamento ya había revelado el corazón de Dios con palabras inequívocas:
“¿Acaso quiero yo la muerte del pecador —oráculo del Señor— y no que se convierta de su conducta y viva?” (Ez 18,23; cf. 33,11).
Dios no busca la condenación del pecador, sino su conversión y vida. Precisamente por eso, la Iglesia, cuando actúa con auténtica misericordia, no confirma al pecador en su pecado, sino que lo llama a la verdad que salva.
Negar momentáneamente el acceso a la Eucaristía, cuando es necesario, no cierra la puerta de la Iglesia; abre el camino de la conversión. Es una llamada seria, dolorosa a veces, pero profundamente evangélica: “Vuelve, cambia de vida, y entonces vive plenamente el don que anhelas”.
Conclusión
La Iglesia no traiciona el Evangelio cuando exige conversión; lo traiciona cuando deja de hacerlo. La experiencia de los lapsi, el testimonio de los mártires y la sabiduría penitencial de la Iglesia antigua nos recuerdan que la caridad sin verdad deja de ser caridad.
Criticar la ideologización pastoral no es atacar a la Iglesia ni a su jerarquía, sino defender el Evangelio de las ideologías que lo diluyen. La misericordia auténtica no elimina la cruz: la atraviesa.
Hoy, como ayer, la Iglesia está llamada a abrir las puertas, sí, pero también a señalar el camino. Sin conversión, no hay comunión; sin verdad, no hay misericordia; sin Cristo, no hay Iglesia.


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