Cuando el dolor recibe consejos en lugar de acompañamiento

Nota introductoria

Este texto no nace desde la queja ni desde la desesperanza, sino desde una experiencia de fe vivida en medio del dolor. No pretende ofrecer respuestas rápidas ni soluciones pastorales, sino reflexionar —a la luz del libro de Job— sobre la diferencia entre acompañar y explicar, entre sostener una herida y cerrarla prematuramente. Está escrito desde la convicción de que Dios permanece fiel incluso cuando el camino es oscuro, y de que nombrar ese camino delante de Él puede convertirse en un acto de fe y, eventualmente, en un servicio para otros.

El libro de Job nos enseña que el justo puede sufrir sin haber fallado, y que no todo dolor necesita ser explicado para ser redimido. Dios reprende a quienes intentan justificar el sufrimiento desde esquemas cerrados y confirma a Job como aquel que habló rectamente de Él (cf. Job 42,7). Esta lógica atraviesa toda la Escritura: los salmos de lamentación, la experiencia de san Pablo y, de modo pleno, la pasión de Cristo, el Justo que sufre permaneciendo fiel al Padre. Desde esta clave bíblica se ofrece la reflexión que sigue.

Hay momentos en la vida en que el dolor no necesita explicaciones, sino presencia. No necesita respuestas rápidas, sino escucha. Sin embargo, una de las tentaciones más frecuentes —también en el ámbito pastoral— es ofrecer soluciones cuando lo que se nos presenta es una herida.

El libro de Job es una escuela decisiva para entender esto.

Job no es un impío, no es un rebelde, no es un hombre que haya roto su relación con Dios. Al contrario, es un justo que sufre. Y precisamente por eso su sufrimiento desconcierta, incomoda y descoloca a quienes lo rodean.

Sus amigos no llegan con mala intención. Llegan con palabras piadosas, con teologías ordenadas, con explicaciones que, tomadas aisladamente, pueden parecer correctas. El problema no está en que hablen de Dios, sino en cómo y desde dónde lo hacen.

Durante siete días hacen lo único verdaderamente acertado: se sientan con él en silencio. Pero cuando empiezan a hablar, cuando intentan explicar el dolor, cuando buscan cerrar el misterio con esquemas, entonces se equivocan. Ya no acompañan; interpretan. Ya no escuchan; corrigen. Ya no sostienen; diagnostican.

El error de los amigos de Job no es doctrinal, es pastoral. Aplican una verdad general a una persona concreta sin escuchar su historia. Confunden fidelidad a Dios con defensa de un sistema. Y, sin darse cuenta, terminan hablando contra el herido para proteger una idea.

Job, en cambio, hace algo que a muchos les resulta incómodo: habla desde su herida, pero delante de Dios. No niega a Dios, no rompe con Él, no disfraza su dolor. Lo nombra. Lo expone. Lo pone en diálogo con la fe. Y eso, paradójicamente, es lo que Dios aprueba.

Cuando Dios finalmente interviene, no reprende al que sufre, sino a los que explicaron su sufrimiento. Dice con claridad que Job ha hablado rectamente de Él, y que los otros no. No porque Job haya tenido siempre las palabras más elegantes, sino porque habló desde la verdad de su situación y no desde una teoría.

Aquí hay una enseñanza decisiva para toda pastoral, para toda amistad, para todo acompañamiento espiritual: no todo dolor necesita ser resuelto; muchos dolores necesitan ser sostenidos. Las soluciones rápidas suelen tranquilizar al que las da, pero no necesariamente sanan al que sufre.

Cuando ante el sufrimiento ajeno sentimos la urgencia de “pasar página”, de “mirar hacia adelante”, de “no quedarse en eso”, conviene preguntarnos si no estamos evitando nuestra propia incomodidad frente al dolor que no sabemos cargar.

El libro de Job nos recuerda que el justo puede sufrir, que la fidelidad no siempre trae consuelo inmediato y que Dios no se escandaliza por una fe que habla desde la herida. Lo que sí parece rechazar es una palabra religiosa que, en lugar de acompañar, clausura el misterio.

A veces, el mayor acto pastoral no es explicar, sino permanecer. No aconsejar, sino escuchar. No corregir el tono del que sufre, sino respetar el camino que Dios está recorriendo con él.

Porque hay dolores que no piden respuesta, sino compañía. Y hay momentos en los que callar junto al herido es la forma más verdadera de hablar bien de Dios.

Y para el cristiano, esta enseñanza no queda solo en Job. Alcanza su plenitud en Cristo.

Porque en Jesús vemos al Justo por excelencia, al inocente que sufre, no por castigo ni por error, sino por fidelidad. También Él fue rodeado de incomprensión, de silencios incómodos y de palabras que no supieron acompañar. También a Él se le ofrecieron explicaciones fáciles, atajos, soluciones que evitaban la cruz.

Cristo no recibió consejos; recibió abandono. Y, sin embargo, no dejó de dirigirse al Padre. Desde la cruz no explica su dolor: lo entrega. No lo racionaliza: lo ofrece. Y en ese ofrecimiento abre un camino de salvación para otros.

Por eso, cuando el dolor es vivido delante de Dios y no fuera de Él, cuando no se niega la herida pero tampoco se absolutiza, cuando la fidelidad se mantiene incluso sin consuelo, el sufrimiento se vuelve lugar de comunión y no de escándalo.

Acompañar cristianamente no es acelerar la resurrección ni silenciar el Viernes Santo. Es permanecer junto a la cruz, sabiendo que Dios está obrando incluso cuando no vemos todavía el fruto. Porque la última palabra no la tiene el dolor, sino la fidelidad de Dios que resucita lo que fue entregado.


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