Abandono

Abandono

“Todos me han abandonado” — y aun así, Él está

Contra el triunfalismo y por la fidelidad en la oscuridad

«A mi primera defensa nadie me asistió, sino que todos me abandonaron. ¡Que no les sea contado en pecado! Pero el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas…» — 2 Timoteo 4,16-17

Vivimos en una época obsesionada con el éxito, incluso dentro de la Iglesia. Se valora lo visible, lo numeroso, lo eficaz. Se miden los frutos por seguidores, donaciones, aplausos o proyectos “exitosos”. El triunfalismo, disfrazado de fe, nos hace creer que Dios solo actúa donde hay ruido, multitudes o resultados inmediatos. Pero el Evangelio camina por otro sendero: el del grano de trigo que cae en tierra y muere (Jn 12,24). No del que se exhibe en vitrina.

Hace años decidí volver a casa: a la Iglesia católica. No fue un cambio de bando, ni una simple corrección doctrinal. Fue un desarraigo existencial. Dejé atrás amistades profundas, una identidad pública forjada durante quince años de ministerio protestante, una red de sentido construida con esfuerzo, reconocimiento y entrega. No por rencor, sino por obediencia a una verdad que, tras largos años de búsqueda, oración y discernimiento, se me reveló como ineludible. Compré la perla de gran precio… y pagué su costo en soledad, silencio y desconexión.

En ese camino de regreso —que algunos podrían comparar, en su dimensión espiritual y social, al de un sacerdote que retoma el estado laical— he encontrado rostros muy parecidos a los que Pablo describe en sus últimas cartas, escritas desde la cárcel y la cercanía de la muerte.

He conocido a mi propio Demas: alguien cercano, compañero de lucha, con quien compartí ideales, proyectos e incluso oraciones. Alguien que, al ver que mi rumbo ya no coincidía con el suyo, “amó más este mundo” (2 Tim 4,10) y se alejó. No con hostilidad, sino con distancia. Y aunque duele, entiendo que no todos están llamados a seguir el mismo sendero. Pablo mismo pide: “¡Que no les sea contado en pecado!”. Esa misericordia me ha enseñado a no juzgar, sino a bendecir en silencio.

También he tenido a mi Tíquico (2 Tim 4,12): aquel que, sin hacer ruido, sigue fiel. Que no comparte mi mismo itinerario espiritual actual, pero no rompe el vínculo humano. Que me escribe, me pregunta cómo estoy, recuerda detalles de mi vida, y mantiene una amistad que trasciende las diferencias confesionales. En él veo la gracia de la amistad desinteresada, que no exige uniformidad para sostenerse. Es un reflejo de esa comunión verdadera que nace del amor, no de la conformidad.

Y sí, también he tropezado con algún Alejandro el calderero (2 Tim 4,14): aquel que, lejos de acompañar, “me causó muchos males” y “se opuso vehementemente a nuestras palabras”. A veces con dureza, otras con incomprensión velada, siempre con la certeza de quien cree poseer la verdad y no tolera el cambio del otro. No siempre con maldad consciente, pero sí con una rigidez que hiere más por lo que calla que por lo que dice.

Hoy, en la vejez, con salud frágil —ahora mismo lucho contra una conjuntivitis que limita incluso mi lectura— y recursos económicos escasos, esa soledad se ha vuelto más tangible. Mi realidad objetiva se reduce a lo doméstico, a pocas relaciones, a un blog que es mi único apostolado visible. Nadie me acompaña en ciertas batallas teológicas o espirituales. Mis palabras no tienen eco en grandes foros. Mi voz no resuena en conferencias ni programas. Y sin embargo —y sobre todo— el Señor está.

No en el modo que el triunfalismo espera: con milagros espectaculares, consuelos sensibles o señales visibles de “bendición”. Sino en la fidelidad callada, en la paz que nace del abandono confiado, en la capacidad de seguir escribiendo aunque pocos lean, de seguir orando aunque nada cambie, de seguir creyendo aunque todo parezca pérdida.

El triunfalismo olvida que la cruz precede a la gloria. Que la verdadera comunión no depende de cuántos están a nuestro alrededor, sino de si Cristo está en medio. Que la santidad no se mide por logros, títulos, audiencias o influencia, sino por fidelidad en la oscuridad, por amor en la debilidad, por esperanza sin garantías humanas.

«Hubo mujeres que recobraron a sus muertos por resurrección; otros fueron sometidos a tormentos, rehusando la liberación, para alcanzar una resurrección mejor. Otros experimentaron burlas e incluso azotes; además, cadenas y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, muertos a filo de espada; anduvieron errantes, cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, desposeídos, afligidos, maltratados — gente de la que el mundo no era digno —, errantes por desiertos y montañas, por cuevas y antros de la tierra.» — Hebreos 11,35-38

Recuerdo que, cuando era pastor, y la gracia ya me estaba tocando, un domingo predique sobre "El Lado Oscuro de la Fe". Demas esta decir que causo estupor. Mi audiencia venia de otras congregaciones que andaban bajo la "teología de la prosperidad"… y tuvieron que huir de sus congregaciones y venir a la mia debido a los escándalos morales que vieron. Sentí la necesidad de predicar que la fe es cruz… ¿Cuantas predicas tratan de este tema en los conocidos canales evangélicos que hablan de prosperidad, triunfalismo, superación y motivación?

San Pablo, encadenado y solo, no se lamenta para victimizarse. Da testimonio. Testimonio de que Dios basta. Incluso —sobre todo— cuando todo lo humano falla. Y en esa suficiencia divina, descubrimos que la resurrección no es un evento futuro lejano, sino una dinámica presente: morir cada día a lo que nos ata al mundo, para que Cristo viva en nosotros (Gál 2,20).

No necesitas un escenario para ser fiel. Solo un corazón dispuesto a morir… para que Él resucite en ti.


2 respuestas a «Abandono»

  1. Avatar de Rosario Hinostroza Portocarrero
    Rosario Hinostroza Portocarrero

    Hermano, Jorge!
    Definitivamente, estás absorbido por unas circunstancias, dolientes por todo lo que haz caminado ya, es urgente voltear la página y comenzar una nueva, con la certeza de que nunca has estado solo, abandonado, etc., seríamos ingratos con nuestro creador y nuestra Madre Santísima, y no podemos tomarnos esas licencias.
    Allí es cuando recordamos un mandamiento que Dios nos da, Amar a Dios por Sobre Todas las cosas.
    Tenemos que trabajar mucho en el desapego.
    Cada persona durante la vida tiene frustraciones, decepciones, equivocaciones, etc. Porque no somos perfectos, y no son como queremos que sean, para gustarnos o agradarnos su compañía.
    A las personas que en un tiempo conociste, y se alejaron no sabemos que de ellas, y si nos enteramos de alguno, hasta donde será cierto.
    Es mejor, mirar una sola dirección que sabemos que jamás nos fallara, que nos comprende y entiende más de lo que podamos imaginar.
    Estoy de acuerdo con tu critica a los que se llaman pastores, para mí el único y verdadero pastor es Nuestro Señor Jesucristo, y las sagradas escrituras, los Sacramentos y los Sacramentales.
    El único juez es Dios.
    Y el mejor juez es la conciencia.
    Tu melancolía,no te deja disfrutar los Dones que Dios te Da,
    Eres Maravilloso!!
    Es delicioso leerte!
    Agradezco a Dios por que nos colocó, fraternalmente y yo coincido absolutamente con Tigo.
    Un enorme abrazo!

    1. Avatar de Jorge Ayona

      Gracias por tu cariño y tus palabras. Las recibo con gratitud. No escribo desde la desesperanza ni desde el reproche, sino desde la fe y la certeza de que Dios ha estado conmigo incluso en medio del dolor. Nombrar el camino recorrido no es quedarme en él, sino integrarlo delante de Dios para que sea fecundo para otros. Un abrazo grande.

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