Babilonia

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Babilonia sigue vendiéndose: cuando la verdad ya se retractó, pero el miedo no

En una librería evangélica cualquiera —quizás en un rincón polvoriento, quizás en un anaquel destacado— aún se vende Babilonia: Misterio Religioso, de Ralph Woodrow.
Lo que pocos saben es que el mismo autor, años después, escribió otro libro: The Babylon Connection?, en el que reconoce públicamente que estaba equivocado. Que sus fuentes eran falsas. Que sus conexiones históricas, imposibles. Que su narrativa, aunque bien intencionada, era una casa construida sobre arena.

Y aun así, el primer libro sigue circulando. Se cita en sermones. Se usa en documentales. Se repite en redes como si fuera revelación divina.
Mientras tanto, el segundo… permanece en silencio.

¿Por qué?

Lo que fue: el atractivo de la “gran conspiración babilónica”

Durante décadas, Babilonia: Misterio Religioso ofreció una explicación seductora: todo lo que el catolicismo romano practica —las imágenes, las velas, la devoción mariana, incluso la Navidad— no era cristiano, sino una supervivencia disfrazada del antiguo culto a Nimrod y Semíramis en Babilonia.
La fuente principal de esta teoría era Las Dos Babilonias (1853), del escocés Alexander Hislop, un polemista protestante cuyo método consistía en forzar paralelos lingüísticos y simbólicos entre culturas separadas por milenios.

Pero funcionaba.

  • Daba identidad: “nosotros somos los verdaderos creyentes; ellos, los herederos de la gran ramera”.
  • Daba seguridad: “ya sabemos quién es el anticristo”.
    Y daba contenido: sermones dramáticos, libros impactantes, conferencias apocalípticas.

    Era más fácil señalar a Roma como Babilonia que examinar nuestros propios ídolos.

Lo que cambió: la valentía de retractarse

En 1997, Ralph Woodrow hizo algo extraordinario en el mundo religioso: se retractó.
No con una nota al pie ni con una disculpa ambigua, sino con un libro entero dedicado a desmontar su propio trabajo anterior. Estudió arqueología, lingüística, historia antigua. Consultó a expertos. Y concluyó:

“Lo que una vez creí y enseñé como verdad, ahora veo que estaba equivocado. Usé fuentes que no resisten el escrutinio académico… y eso no honra a Cristo.”
“No debemos defender la verdad con mentiras, aunque parezcan útiles.”

Reconoció que:

  • Semíramis y Nimrod nunca fueron pareja en ninguna fuente antigua.

  • No hay cadena histórica que vincule el sacerdocio babilónico con el papado.

  • Muchos símbolos cristianos (como la cruz o el incienso) tienen raíces bíblicas, no paganas.

  • Hislop inventó etimologías, mezcló épocas y geografías, y citó textos que no existen.

Su retractación no fue una traición a la fe, sino un acto de fidelidad más profunda: a la verdad, al prójimo, y al Dios que es “Dios de verdad” (Isaías 65:16).

Lo que persiste: por qué Babilonia no muere

Si la verdad ya salió a la luz… ¿por qué seguimos en tinieblas?

Porque el miedo vende más que la humildad.
El contenido conspirativo genera audiencia. Un pastor puede llenar una iglesia diciendo “¡el anticristo ya está aquí!”, pero pocos acuden a escuchar: “Quizás estemos equivocados”.

Porque la identidad se ha construido sobre la oposición.
Si durante generaciones nos han dicho que “ser cristiano es no ser católico”, abandonar esa narrativa siente como perder el alma. Mejor aferrarse a la mentira que enfrentar el vacío.

Porque confundimos celo con justicia.
Creemos que, mientras defendamos “la verdad”, cualquier medio es válido. Pero Jesús no dijo: “Defiendan la verdad a toda costa”. Dijo: “Yo soy… la verdad” (Juan 14:6). Y Él nunca usó la calumnia para revelarse.

Al final, esto no es un error… es calumnia disfrazada de relato religioso

Aquí está el corazón del asunto:

Esto no es solo inexactitud histórica. Es falso testimonio.

El noveno mandamiento prohíbe dar falso testimonio contra el prójimo. Y el “prójimo” no es solo el vecino de al lado, sino también el hermano bautizado en el nombre de Cristo, aunque vista distinto, rece distinto o crea distinto.

Presentar a millones de católicos como adoradores secretos de dioses babilónicos —sin evidencia, contra la historia, y ya desmentido por su propio autor— no es defensa de la fe. Es calumnia espiritual.

Y las Escrituras son severas al respecto:

“Vosotros sois de vuestro padre el diablo… porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44).

Jesús no dijo eso a los ateos, sino a religiosos convencidos de poseer la verdad. La advertencia resuena hoy: el peligro no está en equivocarse, sino en aferrarse a la mentira porque nos hace sentir justos.

Lo triste es que muchos han creído servir a Dios mientras sembraban división, desprecio y miedo… todo sobre una base falsa. Y peor aún: han llamado “justificación” a lo que en realidad era orgullo disfrazado de ortodoxia.

Hacia una espiritualidad honesta

La verdadera fe no teme a la corrección.
La verdadera ortodoxia no necesita mitos para sostenerse.
El verdadero amor al prójimo exige rigor: no decir de otros lo que no es cierto, aunque nos beneficie.

Dios no nos llama a tener razón, sino a amar la verdad como Él la ama: con humildad, con coraje, y con lágrimas cuando descubrimos que hemos errado.

Y hay esperanza:

Quizás el fruto de este asunto no sea solo denunciar el error, sino invitar a la conversión:

  • A pastores: ¿están dispuestos a revisar lo que enseñan?

  • A lectores: ¿prefieren la comodidad de la narrativa o la libertad de la verdad?

  • A todos nosotros: ¿queremos ser “los buenos”… o ser fieles?

Conclusión: La verdadera Babilonia no está en Roma

La verdadera Babilonia no es una ciudad, ni una iglesia, ni un sistema.
Es cuando mezclamos el nombre de Dios con nuestras ansiedades, prejuicios y agendas.
Es cuando llamamos “verdad” a lo que sabemos que es falso… porque nos da poder, identidad o consuelo.

Y si hemos enseñado mentiras —aunque fueran “por el reino”—, entonces quizás debamos hacer silencio… y escuchar la voz del que dijo:

“Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:32).

No la versión conveniente.
No la versión triunfalista.
La verdad.

Al final, no será juzgada nuestra ortodoxia, sino nuestra fidelidad a la verdad… y al prójimo.
Y si hemos llamado “Babilonia” a quien no lo era, no por ignorancia, sino por comodidad,
entonces quizás debamos preguntarnos:
¿de qué espíritu hemos estado bebiendo?

Recursos responsables

  • The Babylon Connection? – Ralph Woodrow (1997)

  • Estudios críticos sobre Las Dos Babilonias de Alexander Hislop (disponibles en bibliotecas teológicas o repositorios académicos)

La fe no necesita mitos para sostenerse.
Necesita verdad.
Y amor.

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