Esta frase la escribí anoche, durante mi tiempo de reflexión, y la sostengo cien por ciento. Refleja mi experiencia en estos tiempos:
«… en esta nueva etapa, con lo que estoy pasando con mi mamá… son los mejores tiempos de mi vida. A pesar de mis conflictos internos, he crecido como ser humano… y aún me falta…»
No es la primera vez, ni será la última. La soledad y la tristeza han venido a visitarme otra vez, como sombras familiares. No las invité, pero tampoco las niego. Lo que sí mantengo, incluso cuando todo en mí clama por consuelo, es esto: Jesús me acompaña, aunque no lo sienta. Y Dios permite esta sequedad no para castigarnos, sino para purificarnos.
A menudo se habla de la oposición entre fe y razón. Pero en mi experiencia —y quizás también en la tuya—, la verdadera tensión no está ahí. La batalla interior que define nuestra caminata espiritual no es contra la inteligencia, sino contra las sensaciones.
La razón, bien ordenada, puede servir a la fe: ayuda a discernir, a recordar, a aferrarse a la Palabra cuando todo tiembla. Pero las sensaciones… las sensaciones son arenas movedizas. Hoy arden de devoción; mañana se apagan en la indiferencia. Hoy cantas con lágrimas de gozo; mañana no encuentras consuelo ni en el salmo más hermoso. Y si nuestra relación con Dios depende de eso, estamos construyendo sobre viento.
Yo no siento a Jesús ahora.
Pero sé que está conmigo.
Y en ese saber —no en ese sentir— reside la fe auténtica.
Esto no es nuevo. San Juan de la Cruz lo llamó la Noche Oscura del Alma: un tiempo en que Dios retira deliberadamente todo consuelo sensible —la paz emocional, la alegría devocional, la seguridad espiritual— no para castigarnos, sino para purificarnos. Es el fuego que quema lo superficial para dejar solo lo esencial: el amor por Él mismo, no por lo que nos da.
San Juan de Ávila, por su parte, no niega las sensaciones ni las consolaciones espirituales. Al contrario, las reconoce como dones de Dios cuando Él las concede. Pero advierte con claridad: no deben convertirse en el fundamento de la vida espiritual. En su Doctrina admirable, escribe:
«Muchos aman a Dios por el bien que les hace, y no por el bien que Él es en sí mismo; y así, cuando les quita el bien que les hace, les parece que les quita a Dios, y se vuelven atrás. Mas el verdadero amor de Dios no consiste en el mayor devoción y afecto del menor bien, sino en el menor devoción y afecto del mayor bien, que es amar a Dios por Él mismo».
Esa es la clave. Muchos hoy aman la presencia de Dios “porque les da sabor”, pero rechazan su voluntad “porque les da cruz y trabajo”. Esa espiritualidad, centrada en lo que siento más que en quien Dios es y en lo que Él pide, es frágil. Las consolaciones son como el rocío: bienvenidas, pero pasajeras. La verdadera comunión se forja en la fidelidad, no en la emoción.
Job, cubierto de llagas y ceniza, no dijo: “Siento que mi Redentor vive”. Dijo: “Yo sé que mi Redentor vive” (Job 19:25).
Abraham levantó el cuchillo sin gozo, sin certezas visibles, solo con la promesa resonando en su corazón (Hebreos 11:17–19).
Y el salmista, en su desespero, no niega su dolor, pero clama: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo” (Salmo 23:4). No dice “porque me siento seguro”, sino “porque tú estás”.
Muchos hoy huyen de cualquier experiencia espiritual que no produzca emoción. Quieren iglesias que entretengan, mensajes que estimulen, adoración que emocione. Pero cuando llega la noche —y siempre llega—, no saben qué hacer. Entonces abandonan la fe, no porque Dios se fue, sino porque Él no se ajusta a sus sensaciones.
Dios no está ausente en tu sequedad.
Está purificando tu amor.
Quiere que lo sigas no por lo que sientes, sino porque Él es digno.
No por lo que recibes, sino por quien Él es.
Así que, aunque no lo sientas…
aunque la tristeza te envuelva como una bruma…
aunque el cuerpo duela y el alma clame en silencio…
sigue creyendo.
Porque la fe no es un sentimiento.
Es una decisión arraigada en la verdad.
Y en esa decisión, incluso en la oscuridad más densa,
Cristo camina contigo.
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