La noche oscura

La noche oscura

La Despedida

Estamos en el momento de la Ascensión. Jesús la subió al cielo. Los discípulos habrían pensado, y: «¿ahora qué hacemos? No somos capaces, no podemos solos, la tarea es enorme, los enemigos son muchos».

A veces, la fe camina en plena luz: sentimos la presencia del Señor con una claridad inconfundible. Otras veces —quizá más a menudo— todo parece silencio. Nada se ve, nada se oye, nada se siente. Y sin embargo, creemos que Él está.

La Ascensión de Cristo ilumina esta tensión. Los discípulos lo habían visto resucitado, habían comido con Él, tocado sus heridas. De pronto, lo ven elevarse al cielo… y quedan solos. ¿No es ése el momento en que más podrían haber dudado? ¿No es ésa la hora en que más necesitan su rostro visible? Pero Jesús no los abandona. Antes de irse, les da instrucciones, les promete al Espíritu Santo y les asegura: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). No desaparece: se transforma. Ya no camina a su lado, sino dentro de ellos. Ya no lo verán con los ojos, pero lo poseerán con una intimidad mayor. Este tránsito de lo sensible a lo espiritual no es pérdida, sino maduración. Y aquí resuena con fuerza la voz de san Juan de la Cruz, quien escribió con sabiduría mística sobre la “noche oscura del alma”. No se trata de un castigo, sino de una purificación. Dios, dice el santo, es luz tan intensa que al alma no purificada le parece oscuridad. Por eso permite que el consuelo sensible desaparezca: para que amemos no por los dones, sino por el Dador.

“Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes.”

Pero esta “noche” no solo es interior. La vivo también cuando contemplo el mal en el mundo: la crueldad gratuita, la indiferencia ante el sufrimiento, la cobardía moral de quienes podrían actuar y callan. La noche se espesa cuando las injusticias parecen triunfar sin respuesta… y más aún, cuando veo ese mismo velo de sombra caer incluso sobre la Iglesia: cuando el poder sustituye al servicio, cuando el miedo calla la verdad, cuando la hipocresía se viste de piedad. Entonces, no es solo mi alma la que se siente desolada: es el mundo entero —y a veces la propia comunidad creyente— los que oscurecen el rostro de Dios.

Y sin embargo, en medio de esa doble oscuridad —interior y colectiva—, persiste la promesa. Pentecostés no llegó en medio de aplausos, sino de miedo y encierro. Los discípulos no estaban seguros, ni triunfantes. Pero el Espíritu descendió. Porque Dios no espera a que el mundo sea justo para actuar. Viene precisamente cuando todo parece perdido. El Espíritu Santo no necesita ruido para actuar. Su presencia no depende de nuestras emociones, ni de la fidelidad de las instituciones humanas, sino de la fidelidad de Dios mismo. Y esa fidelidad se mantiene incluso cuando todo —por dentro y por fuera— parece negarla.

Moisés suplicó:

“Si tu presencia no va con nosotros, no nos saques de aquí” (Éx 33,15).

Josué fue exhortado tres veces:

“Esfuérzate y sé valiente” (Jos 1,6-9).

¿Cómo pasar la noche oscura?

  1. Trascendamos las sensaciones.
    En mundo que busca «sentir», que toma decisiones basadas en sentimientos, es un gran paso reconocer que, aun en esferas ajenas a la religión, lo bueno no siempre causa placer; más bien, muchas veces los placeres nos desvían del camino y nos destruyen.

  2. Trascendamos los sentidos.
    Las apariencias engañan. David no parecía «líder» a los ojos de su hermano Eliab, ni a los ojos de Saúl para enfrentar y vencer a Goliat. Dios no mira las apariencias, como dijo al profeta Samuel. Aprendamos de este dicho: «lo esencial es invisible a los ojos».

  3. Sigamos creyendo.
    No dudo que los discípulos de Jesús hayan enfrentado estos momentos de sequedad y sentido de que Dios ocultaba su rostro, pero perseveraron. Siguieron orando, siguieron creyendo, siguieron predicando.
    Con esto que voy a escribir, no quiero convertirme en juez… pero ante tantos casos de evangelizadores que dejaron el ministerio, afirmando que era por la soledad, por la oposición… como digo, no soy juez, pero… no son los únicos que pasan, pasaron o pasarán por la tentación de dejar todo… hasta la Iglesia o la fe misma. La clave es perseverar, seguir adelante y no tirar la toalla.

  4. Seguir orando.
    Las tentaciones del demonio tienen éxito cuando haces depender tu vida de oración de los consuelos internos o sensaciones. Santa Teresa de Ávila aconsejaba seguir orando, aunque hayas caído… que es cuando más necesitas hacerlo. Quita de tu vida esa hambre por sensaciones, arrebatos místicos, manifestaciones, etc. Mira a Jesús en Getsemaní, toda su carga emocional por lo que venía… al perseverar, Dios lo consoló, pero jamás dependió de la existencia o no de consuelo. Haz de la práctica de santa Teresa de acudir a la oración con «determinada determinación»; la voluntad, no la sensación.

  5. Sigamos viviendo el evangelio.
    Con todo respeto me dirijo a los sacerdotes: ¿estás turbado? Visita a un enfermo, sal de tu parroquia, dialoga con la gente, ¡anda al confesionario! Si eres laico comprometido, evangeliza en redes sociales, ofrece tu estado emocional a Dios, reza, cumple con lo que Jesús dijo: «Me serán testigos… hasta lo último de la tierra». Nosotros, hoy, somos llamados a confiar incluso cuando el mundo y la Iglesia parecen velar el rostro de Dios. Porque la verdadera presencia de Dios muchas veces no se captura con los sentidos… sino con la fe que se mantiene firme en medio del silencio… y de la ruina.

Y esa fe, aunque no sienta, ama. Y aunque vea tinieblas, espera.

¿Has experimentado esa “noche oscura” no solo en tu interior, sino también en el mundo que te rodea —incluso en el seno de la comunidad creyente? ¿Qué te ha sostenido en medio de esa doble sequedad?

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