La dimensión teológica como brújula en tiempos de desorientación
«La dimensión teológica se hace necesaria para interpretar y resolver los actuales problemas de la convivencia humana.»
— Centesimus Annus, 55
Vivimos en una época de paradojas. Nunca antes tuvimos tanto acceso al conocimiento, a la tecnología, a bienes materiales y a conexiones globales. Y, sin embargo, asistimos a un progresivo empobrecimiento del alma colectiva. El progreso material ha ido, en muchos casos, en sentido inverso al crecimiento moral, espiritual y humano. La superficialidad, el hedonismo y el inmanentismo —esa reducción de la realidad a lo inmediato y sensible, sin trascendencia— han tejido una cultura del descarte, del ruido, de la imagen efímera y del sentimiento fugaz.
En este contexto, afirmar que la teología es necesaria para entender y sanar la convivencia humana no es un anacronismo, sino un acto de lucidez.
Fue Nietzsche quien, con escalofriante clarivididencia, anunció la “muerte de Dios”. Pero no se refería simplemente a la desaparición de la creencia en un ser sobrenatural. Hablaba del colapso del fundamento metafísico que había sostenido la civilización occidental durante siglos: un orden de sentido, una jerarquía de valores, una ética basada en la verdad objetiva y la trascendencia. Y, con profunda ironía histórica, ese colapso no fue tanto obra del ateísmo ilustrado, sino una consecuencia —quizás necesaria— del mismo proceso iniciado por la Reforma protestante: la fragmentación de la autoridad espiritual, la privatización de la fe, el triunfo del libre examen que, al disolver toda instancia común de interpretación, terminó disolviendo también la posibilidad misma de un sentido compartido. Cuando cada cual es juez último de la verdad, el horizonte común se desvanece. Dios no “muere” porque lo nieguen los filósofos, sino porque ya no habita en el centro de la vida común.
La teología, lejos de ser una mera especulación sobre lo divino, interroga el fundamento último de la dignidad humana, del bien común, de la justicia y del amor. Sin esa mirada que trasciende lo inmediato, la política se vuelve mero cálculo de poder; la ética, relativismo funcional; y la vida, una sucesión de impulsos sin orientación.
Pero esta dimensión teológica no opera en el vacío. Se expresa, se confronta y se nutre de otras formas del saber y del arte.
La filosofía, cuando no se encierra en tecnicismos académicos, sigue siendo ese amor a la sabiduría que busca el sentido de lo real. En su diálogo con la teología —ese diálogo que Nietzsche creyó imposible tras la “muerte de Dios”—, nos ayuda a articular razones para la esperanza, para la verdad, para la libertad responsable: todas ellas necesarias para una convivencia digna.
El cine y la literatura, por su parte, no son meros entretenimientos. Son espejos del alma colectiva. A través de historias, personajes y símbolos, revelan las heridas y los anhelos más profundos de la humanidad. Una película o una novela bien hechas pueden mostrar con más claridad que un tratado político la degradación del amor, la tentación del poder, el grito de los marginados o la posibilidad del perdón. En ellas, la dimensión teológica puede irrumpir de modo implícito: en un gesto de entrega, en un silencio cargado de gracia, en la búsqueda del rostro del otro —como si, incluso en un mundo “post-Dios”, el alma siguiera reconociendo la huella de Aquel a quien ya no nombra.
La política, por su parte, ha sido reducida a espectáculo, marketing y confrontación tribal. Pero su verdadera vocación es el cuidado del polis, de la casa común. Sin una antropología sólida —y, en última instancia, sin una visión teológica del ser humano como criatura llamada a la comunión—, la política se deshumaniza. Se convierte en gestión de intereses, no en arte de tejer fraternidad.
Y es precisamente aquí donde surgen preguntas urgentes que no pueden responderse con algoritmos ni con ideologías:
¿Cómo integramos avances como la inteligencia artificial para que realmente beneficien a todos —incluso a los más vulnerables y a quienes hoy consideramos “enemigos”—, y no los conviertan en sujetos de manipulación, vigilancia o exclusión?
¿Cómo abordamos los desafíos de la migración y la seguridad nacional sin sacrificar la dignidad del migrante ni caer en el miedo xenófobo?
¿Cómo equilibramos el desarrollo económico con el desarrollo social, para que el crecimiento no sea sinónimo de desigualdad, ni la eficiencia se pague con la explotación?
Detrás de estas preguntas late una transformación silenciosa pero radical: los seres humanos —individuos con nombre, historia, dolor y esperanza— hemos sido convertidos en registros de una gran base de datos. Ya no somos personas, sino consumidores. Nuestro valor se mide no por quiénes somos, sino por lo que compramos, visualizamos, compartimos o descartamos. Algoritmos nos observan, nos perfilan, nos clasifican según “patrones de consumo”, y así nos asignan un lugar en una jerarquía invisible, pero efectiva. En este nuevo régimen, no se nos niega la existencia; se nos reduce. Tristemente, incluso intereses económicos fijan nuestra vigencia, esto es, arbitrariamente nos ponen como individuos fecha de caducidad. Y en esa reducción, perdemos lo más humano: la libertad, la sorpresa, la gracia imprevisible del encuentro.
Estas no son meras cuestiones técnicas. Son cuestiones teológicas, en el sentido más profundo: porque exigen decidir si el ser humano es un fin en sí mismo o un medio para otro fin —ya sea el mercado, la seguridad estatal o el progreso tecnológico.
La sociedad, atomizada, ansiosa y consumista, necesita recuperar espacios de verdad, de silencio, de encuentro real. No basta con conectividad; necesitamos comunión. No basta con derechos; necesitamos responsabilidad. No basta con progreso; necesitamos conversión.
Por eso, escribir sobre teología, filosofía, cine, literatura, política y sociedad no es un ejercicio académico o estético. Es una forma de resistencia espiritual. Es un intento de recordar que el ser humano no es una mercancía, ni un dato estadístico, ni un recurso. Es un misterio que apunta más allá de sí mismo.
En una época que huye del silencio y de la profundidad, asumir la dimensión teológica no es retroceder, sino mirar más lejos. No es negar la realidad, sino descubrir su raíz más honda. Porque sin esa raíz —ese sentido compartido que Nietzsche vio desmoronarse—, ninguna civilización puede sostenerse por mucho tiempo.
Escribo esto no desde la nostalgia, sino desde la responsabilidad que nace al mirar el mundo con los ojos de quien ha servido, amado, dudado y buscado sentido. En esta etapa de la vida, en la que el cuerpo declina pero la inquietud por la verdad no cesa, sigo creyendo que las palabras pueden ser actos de justicia —y que reflexionar juntos es una forma de cuidar lo más humano que nos queda: nuestra capacidad de reconocernos como prójimos, no como datos. – Jorge Ayona
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