Orar con el corazón: más que palabras, una vida entera entregada
«Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren.»
— Juan 4:23–24
En medio del bullicio del mundo —y a veces incluso en el silencio aparente de la soledad— late una pregunta esencial: ¿cómo se ora? ¿Basta con pronunciar palabras, o se requiere algo más profundo?
El judaísmo posee un concepto antiguo y luminoso: kavanah. No se trata simplemente de recitar oraciones, sino de orientar el corazón, con toda la intención, hacia Dios. Ana, la madre de Samuel, encarna esta devoción. Oraba en silencio, con los labios moviéndose sin voz, el alma dolida y el espíritu humillado (1 Samuel 1). No necesitaba elocuencia. Dios, que ve en lo secreto, escuchó su clamor.
Esta verdad atraviesa las Escrituras. En Deuteronomio 30:14 se afirma:
«Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.»
Siglos después, Pablo retoma estas palabras en Romanos 10:9–10 para mostrar que la salvación nace de una fe interior, no de rituales externos:
«…porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.»
La oración, entonces, no es una recitación vacía, sino una entrega viva. Jesús lo subraya claramente:
«Al orar, no usen vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos» (Mateo 6:7).
Las palabras sin intención son como un cuerpo sin espíritu: están vacías.
Hay momentos, sin embargo, en los que ni siquiera es posible articular un pensamiento. El alma está agitada, confusa, agobiada. En esos instantes, la kavanah no desaparece; se vuelve más pura. Ya no necesita frases, ni estructuras, ni coherencia. Basta con que el corazón mire hacia Dios, aunque sea en medio del llanto o del silencio.
Santa Teresa de Ávila, maestra en la vida de oración, conoció bien esta experiencia. En su Camino de Perfección escribe:
«No se piense que es menester entender muchas cosas ni hacer muchos discursos para orar bien; basta mirarle con los ojos del alma, como quien mira a un amigo con quien está muy allegado.»
En sus Relaciones Espirituales, confiesa que, en medio de enfermedades, obligaciones y turbaciones interiores, la oración mental le era a menudo imposible. Y aun así halló paz al comprender que Dios no exige perfección, sino presencia. Bastaba con volver el corazón hacia Él, aunque no hubiera palabras.
Esta actitud libera de los escrúpulos: la oración no es una tarea que se realiza bien o mal, sino una relación que se vive.
«Quien ora, se salva; quien no ora, se condena». San Antonio María Ligorio
Pero esa oración no se limita a un momento del día; es una actitud constante del alma, una vida entera orientada hacia lo alto.
Oración litúrgica y prejuicio moderno
En su impulso de rechazar lo que habían recibido de la Iglesia, muchos protestantes modernos han identificado la autenticidad espiritual con la oración espontánea (ex tempore) y han descartado las formas litúrgicas como si fueran meros residuos de una “tradición humana” corrompida. Incluso el Padrenuestro —la oración que Cristo mismo entregó a sus discípulos— o los Salmos, que fueron el alimento diario de Jesús y de los primeros cristianos, son a veces desestimados como “repeticiones vanas”, en una lectura que descontextualiza gravemente el pasaje de Mateo 6:7.
Allí, Jesús no condena la repetición de fórmulas sagradas, sino la práctica pagana (battologeō) de los gentiles, que creían que la eficacia de la oración dependía de la cantidad de palabras, del ruido, del frenesí corporal o de la manipulación mágica de los dioses. En efecto, en el mundo antiguo era común que los cultos paganos —como los de Baal (1 Reyes 18:26), Cibeles o Dionisio— incluyeran gritos, danzas frenéticas, lenguas ininteligibles, autolesiones y un lenguaje repetitivo destinado a “obligar” a la deidad a responder.
Es en ese contexto que Jesús advierte: «No oréis, pues, como los gentiles». No rechaza la forma, sino la mentalidad mágica que subyace a esas prácticas: la idea de que Dios puede ser forzado, entretenido o manipulado por medio del ruido, la emoción o la extrañeza del lenguaje.
Sin embargo, en ciertos ambientes protestantes contemporáneos —especialmente en corrientes pentecostales y neopentecostales— se ha normalizado un galimatías que llaman “orar en lenguas”, acompañado a menudo de danzas extáticas, gritos, temblores corporales o movimientos repetitivos, como si la intensidad emocional o la incomprensibilidad del sonido garantizaran la cercanía de Dios. Estas prácticas, lejos de ser “nuevas efusiones del Espíritu”, recuerdan más bien los ritos extáticos de los cultos gentiles, precisamente aquellos que el Antiguo y el Nuevo Testamento rechazan por su desorden, su falta de entendimiento y su subordinación de la razón a la emoción.
San Pablo, en 1 Corintios 14, corrige severamente este tipo de desorden. Aunque no niega el don de lenguas, subordina toda manifestación carismática a la edificación de la comunidad y a la claridad del entendimiento:
«Prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a los demás, que diez mil palabras en lengua desconocida» (1 Corintios 14:19).
Y concluye con una máxima decisiva:
«Dios no es Dios de confusión, sino de paz» (1 Corintios 14:33).
Los apóstoles y los primeros cristianos, lejos de imitar el frenesí de los cultos paganos, oraban según el modelo de las sinagogas: con salmos, bendiciones establecidas, horarios fijos y una liturgia profundamente arraigada en la Torá. Jesús mismo, lejos de abolir esa estructura, la asumió, purificó y llevó a su plenitud.
El libro de Hechos muestra a los creyentes “perseverando en la oración” (1:14), acudiendo al templo “a la hora novena, que era hora de oración” (3:1) —es decir, en los tiempos litúrgicos judíos—, y celebrando “de casa en casa la fracción del pan” (2:46) en un contexto de continuidad ritual y comunitaria. El Padrenuestro, lejos de ser una oración para improvisar una sola vez, se convirtió desde el principio en una fórmula normativa de la vida espiritual de la Iglesia, tal como atestigua la Didaché (cap. 8), que instruye a los fieles a rezarla “tres veces al día”.
El rechazo moderno de la oración litúrgica —y su sustitución por formas emotivas, caóticas o individualistas— no es, pues, un “retorno al cristianismo primitivo”, sino una ruptura con la forma en que el pueblo de Dios ha orado desde siempre: con palabras recibidas, santificadas por siglos de uso fiel, y sostenidas por la intención del corazón (kavanah).
La verdadera novedad del Evangelio no consiste en abolir las formas comunes de oración, sino en llenarlas con el Espíritu de Cristo, para que —ya sea con palabras antiguas o nuevas— siempre sean adoración en espíritu y en verdad (Juan 4:24).
La ilusión de que solo lo “espontáneo”, lo “emocional” o lo “inusual” es auténtico revela, en el fondo, una desconfianza no solo en la Tradición, sino en la capacidad de la comunidad creyente para transmitir la fe ordenadamente. Y esa desconfianza, disfrazada de libertad, suele conducir no a la comunión, sino a la soledad espiritual —y, en muchos casos, a formas de culto que, más que al Dios revelado en Cristo, honran al ídolo del sentimiento inmediato.
En su deseo de romper con lo que consideran “tradiciones humanas”, muchos protestantes contemporáneos han privilegiado casi en exclusiva la oración espontánea —la llamada oración ex tempore— y han descartado, cuando no descalificado, las oraciones litúrgicas como formas vacías o formalistas. Incluso el Padrenuestro, enseñado por Cristo mismo, o los Salmos, que formaron el alma de Jesús y de los primeros creyentes, son a veces vistos con recelo, como si su repetición hiciera de ellos ejemplos de aquella “vana palabrería” que Jesús criticó en Mateo 6:7.
Pero el texto evangélico no condena la repetición en sí, sino la actitud pagana que cree que “por su mucha palabrería serán oídos”. La palabra griega traducida como “vana repetición” (battologeō) alude a la fórmula mágica, al discurso vacío de los gentiles que invocan dioses mudos, no a la oración estructurada que brota de una tradición viva de fe. De hecho, Jesús mismo oró con palabras del Salmo 22 en la cruz (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”), y los primeros cristianos —todos ellos judíos— no inventaron una nueva forma de orar desde cero. Su modelo venía directamente de la sinagoga, con sus bendiciones fijas (berajot), sus lecturas ordenadas y sus salmos cantados en comunidad.
Lejos de rechazar la liturgia, los apóstoles la transformaron desde dentro, infundiéndole el nombre de Cristo, pero conservando su estructura orante. El libro de Hechos muestra a los creyentes reunidos “constantemente en la oración” (1:14), celebrando “de casa en casa la fracción del pan” (2:46) y acudiendo al templo “a la hora de la oración” (3:1) —horarios que correspondían a la liturgia judía del Shajarit (mañana) y Minjá (tarde). Incluso el Padrenuestro, desde el principio una oración y fórmula de enseñanza litúrgica, usada en la formación de los catecúmenos y en la vida devocional de las comunidades.
Despreciar la oración litúrgica en nombre de la “espontaneidad” no es, pues, un retorno al cristianismo primitivo, sino una ruptura moderna con la forma en que el pueblo de Dios ha orado durante siglos: con palabras recibidas, santificadas por el uso fiel, y sostenidas por la kavanah del corazón. La verdadera novedad del Evangelio no está en abolir la liturgia, sino en llenarla con el Espíritu de Cristo, para que, ya sea con palabras antiguas o nuevas, siempre sea adoración en espíritu y en verdad.
En Juan 4:23–24, Jesús no rechaza los lugares sagrados ni la liturgia, sino que revela una nueva dimensión de la adoración: ya no está limitada al monte Gerizim o al templo de Jerusalén, sino que se realiza en espíritu y en verdad (pneuma kai alētheia). Esto no significa que el cuerpo, los ritos, los gestos o los templos carezcan de valor, sino que la fuente de la verdadera adoración es el encuentro personal con el Dios vivo, en quien se cumplen todas las figuras y sombras del culto antiguo. La liturgia, lejos de ser abolida, encuentra su plenitud cuando brota de un corazón unido al Espíritu y a la verdad.
El Nuevo Testamento, aunque no usa la palabra kavanah, expresa su esencia con profundidad. Pablo insiste en que la fe verdadera reside en la kardia (καρδία), el centro de la persona. Y los primeros creyentes no solo oraban ocasionalmente, sino que “perseveraban en la oración” (Hechos 1:14, proskartereō), mostrando una devoción sostenida, no episódica.
Esta comprensión de la oración como intención viva y constante no es exclusiva del cristianismo. El Talmud enseña con claridad que incluso en los actos más formales de piedad, la intención es indispensable. En Berajot 30b se afirma:
«Aunque uno haya leído toda la Torá y los Profetas, si al rezar no dirige su corazón al cielo, no ha orado.»
Y en otro pasaje se advierte:
«Incluso al recitar las bendiciones litúrgicas, debe hacerlo con kavanah.»
Porque, como dicen los sabios, quien ora sin kavanah es como un cuerpo sin alma.
Esta exigencia alcanza incluso al estudio nocturno de la Torá, una práctica venerada en la tradición rabínica. Se enseña que quien estudia de noche debe hacerlo con kavanah, no como ejercicio intelectual, sino como acto de comunión. En Berajot 11a se dice:
«Quien estudia Torá de noche, la Shejiná (la Presencia Divina) está con él.»
Pero esa presencia no se activa por la mera lectura, sino por la intención del corazón. Incluso los libros litúrgicos —los siddurim— no se leen como textos inertes; deben ser pronunciados con kavanah, como si cada palabra fuera una flecha dirigida al cielo.
Así, desde el Antiguo Testamento hasta el Talmud, desde el Evangelio hasta los místicos, resuena una misma verdad: Dios busca corazones que adoren con autenticidad, no para abolir los ritos, sino para llenarlos de vida. Y cuando las palabras faltan, cuando el alma está cansada, basta con un suspiro, una mirada, una intención mínima pero real: “Señor, aquí estoy”.
Esa es la oración que salva.
Esa es la adoración en espíritu y en verdad.
«Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón» (Deuteronomio 30:14).
«Todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo» (Romanos 10:13).
Referencias:
- Santa Teresa de Ávila, Camino de Perfección, cap. 29; Relaciones Espirituales, 1 y 28.
- Talmud Babilónico, Berajot 30b y Berajot 11a.
- Juan 4:23–24; Romanos 10:9–13; Mateo 6:7; Hechos 1:14.
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